El irlandés

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No tiene la crispación de “Calles peligrosas”, ni es la biografía exaltada de “uno de los nuestros”, los “Buenos muchachos”. Tampoco recorre el género para construir un personaje arquetípico y seductor, como Tony Camonte o Vito Corleone; ni se desgarra en la melancolía como lo hizo Leone en “Érase una vez en América”. “El irlandés” narra la odisea del mandadero de oficio, del ejecutor por encargo, del testigo accidental de hechos excepcionales, del eterno segundón del “padre” de turno. Es la odisea del hombre gris, del que recuerda su vida, siempre al servicio del otro, desde un asilo, como Joseph Cotten evocando los hechos del “gran hombre” desde una casa de retiro en “Ciudadano Kane”.

Es una crónica en dos tiempos. El primero, de narración episódica, describe personajes, entornos, y salta hacia el pasado una y otra vez para describir la trayectoria de Frank Sheeran (Robert De Niro), el hombre que “pinta casas” y ofrece servicios de “carpintería”. Es el retrato del subalterno, que De Niro interpreta con gesto inamovible, como de perplejidad constante. Acaso porque está abrumado por lo que le toca en suerte en la continuidad de ese destino que fue forjando desde sus días en Sicilia y en Anzio durante la Segunda Guerra Mundial. Pero acaso también porque no percibe con claridad su propia búsqueda: la de una filiación indispensable, un lugar de acogida, un grupo que lo integre. Busca ser una pieza funcional del sistema (en el ejército, en la familia, en la mafia), aunque el precio a pagar sea alto, como el ceder su autonomía a la voluntad de dos figuras tutelares (Bufalino y Hoffa) e incluso delegar en el líder de los camioneros el cariño paternal hacia su hija.

El segundo tiempo se desacelera y empieza con la secuencia del tributo que se le rinde a Sheeran. Es el momento del pistolero al atardecer y de la danza lánguida de los fantasmas.

Y es que “El irlandés” es como una película de fantasmas. Ni bien aparecen algunos personajes, se nos informa de la fecha y circunstancias de su muerte. No importa cuán poderosos sean esos sujetos; sabemos que están marcados. En la temporalidad de la ficción narrativa, esas muertes ocurrirán en un futuro distante. En nuestra vivencia de espectadores, ya los sabemos muertos. Los buenos muchachos son aquí solo espectros que caminan. O que esperan, como Sheeran, la llegada de la muerte –o de alguna visita imposible- con la puerta entreabierta.

Fantasmas que también provienen de la propia obra de Martin Scorsese, ya que “El irlandés” tiene un costado recapitulativo de asuntos, ambientes y géneros transitados en casi cinco décadas de carrera cinematográfica.  Pero con diferencias netas en este caso.

Aquí no vemos la descripción febril del espíritu de competencia ni la furia hedonista del que lo quiere todo (“El color del dinero”, “Casino”, “El lobo de Wall Street”, entre otras), ni los rasgos alucinados de algunos de sus protagonistas, desde el Johnny Boy de “Calles peligrosas hasta el Rupert de “El rey de la comedia” pasando por el taxista Travis. Ni los afanes penitentes en la trayectoria del vía crucis de “Boxcar Bertha”, del Harvey Keitel de “Calles Peligrosas”,  entre otros personajes, como el propio Cristo.  La culpa y el sentimiento de haber dilapidado una vida que trascurrió sin goces pesan sobre Sheeran, pero no lo laceran como si llevase un silicio.

En “El irlandés”, hasta los personajes más exaltados (como el Hoffa de Al Pacino) muestran el otro rostro, el de la cotidianeidad doméstica. Si aparece un sobregirado Pacino proclamando, con gestos demagógicos, la “solidaridad” como principio sindical, en seguida lo vemos sirviendo una copa de helados a una niña o durmiéndose de modo súbito en la habitación de un hotel. Esa opacidad esencial de los personajes -aun de los más poderosos-, es la marca distintiva de “El irlandés”. Nadie parece haber llegado hasta donde está a causa de su inteligencia o brillantez; esos personajes se han encumbrado como producto de la oportunidad o del azar. Acumulan dinero o poder sin sentir placer por ello. No muestran deseo ni exaltación en sus acciones, que parecen impulsadas por el pragmatismo más ramplón. Desconocen la lujuria.

Sheeran “pinta casas” porque necesita completar su presupuesto. Si otros personajes de Scorsese buscaron el “color del dinero”, este personaje de Scorsese se resigna a elegir el color de su ataúd.    

La grisura se extiende a los espacios interiores y exteriores. La mayor parte de la acción transcurre en Filadelfia, carente del aura mítica de las grandes urbes del cine gansteril clásico. Los crímenes se cometen en esquinas sombrías, sin alardes ni estruendo. Y hasta las condenas morales o las sentencias a muerte se formulan en silencio y con notable austeridad. Los momentos memorables de “El irlandés” son justamente esos. Los que se condensan en miradas y prolongados silencios. Como las del personaje de Joe Pesci (admirable en cada aparición) al sellar algún destino. Su gesto es tranquilo y no necesita dictaminar. Solo propicia el sobrentendido. Hay una perversa sabiduría en ese gesto que ahuyenta a la hija de Sheeran y contamina con el aire de la descomposición terminal y de la traición a la trayectoria del irlandés. Y en la mirada de Anna Paquin, la que juzga y entiende. La que se indigna en silencio.

El tratamiento fotográfico de Rodrigo Prieto alterna el clima de progresiva decadencia con el efecto referencial y de situación histórica. La luminosidad de fines de los años cincuenta gira a la penumbra de la parte final. Su luz se acomoda a los ritmos y melodías de la banda sonora: es colorida y vivaz en los primeros años de la evocación o para reforzar la ironía de una era de Camelot sustentada por la caja de caudales que administra Hoffa; es apagada cuando la música casi desaparece para dejar lugar a las confesiones y los susurros.  El tiempo de la memoria, del balance de una vida ajena a la sensualidad, y de las culpas que asaltan.    

Enterarse de la muerte del crítico y legendario cinéfilo Jean Douchet a las pocas horas de ver “El irlandés” provoca una sensación extraña, de pesar y consternación. Es como si la película de Scorsese tuviese algo de premonitorio. Como si anunciase el fin –o la liquidación definitiva- de una época y de un modo de hacer y entender el cine. Tiempos en los que hay que apurarse para poder ver una película compleja y madura en la pantalla grande antes de su programación para la descarga televisiva. A Douchet, sin duda, le hubiera interesado ver la película de un cineasta que se afirma en la convicción de que la puesta en escena es el arte de organizar, con sentido expresivo y belleza plástica, figuras y presencias en un espacio. Figuras que ahora se desvanecen, o se convierten en sombras, como en la parte final de “El irlandés”.

Nota: un próximo podcast de Páginas indiscretas tratará sobre “El irlandés”.

Ricardo Bedoya

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