Transcinema 2019: Liberté

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Si el corazón del bosque es, en “Larga noche”, un lugar donde los tiempos se confunden y el pasado se funde con el presente, en “Liberté”, de Albert Serra, es un espacio de tránsito. Es el umbral entre dos épocas, la de “antes de la Revolución” y la de la conmoción que se asoma; entre dos modos de vivir la vida; entre el relajo libertino que busca otros escenarios para perdurar y el puritanismo violento y jacobino que se impondrá; entre dos países, Francia y Alemania; entre dos abrigos, el de la vegetación que protege de las miradas ajenas y el de la noche que aporta el clima y la atmósfera para el desafuero. Entre el siglo XVIII que se acaba y el mundo que llega.

En más de dos horas de proyección, aparecen otros umbrales. La cámara se ubica ante la ventanilla del carruaje y marca así una frontera para la mirada plena. Los libertinos actúan en los espacios estrechos que reserva el encuadre. En las imágenes, vemos cuerpos fragmentados. Solo en pocas ocasiones se expone en su integridad un cuerpo lacerado. Los personajes se ubican en el umbral entre el placer y el dolor,  ya que el deseo es apenas una formulación.

Una frontera separa lo que se planea de lo que se realiza: los penes se mantienen flácidos y la insatisfacción es manifiesta. La intención de exportar el gesto libertino a Alemania solo parece un acto de forzada voluntad. De concupiscencia, nada.

Pero estar en el umbral no es para los personajes una forma de contrastarse con ellos mismos, como en los relatos de crecimiento e iniciación. Aquí, es mantenerse en un punto fijo. Por eso, cualquier progresión narrativa está anulada. Cada escena es una variación de la anterior. Los ritos solo se distinguen por el lugar del cuerpo que intentan estimular. Si alguna línea narrativa parece apuntarse, se desactiva en el acto. Si alguna emoción intenta levantar cabeza, aparece una guillotina. Si las miradas de los servidores de los señores se dirigen hacia lugares que están más allá del campo visual, esos espacios nunca aparecen. El dispositivo es rígido: todo debe ocurrir en el mismo espacio acotado, apelando a las mismas referencias pictóricas y simulando el denso transcurso del tiempo presente.  

La película es extenuante, morosa, frustrante y hasta desagradable. Sí, lo es, pero eso se ajusta a la intención de Serra de representar el ocaso de la “dulzura de vivir” en el Antiguo Régimen, teatralizando una suma de impotencias. Si alguno de los cortesanos en el exilio pretende lucir su capacidad amatoria, solo recibirá reproches. No es casual, por eso, que una de las presencias –ya que no personaje- de “Liberté” sea Helmut Berger, el emblemático actor de los frescos decadentistas de Luchino Visconti. El libertino en la senectud.    

Por último, “Liberté”, como película, también está en el umbral. Su apuesta por la provocación la ubica en un terreno resbaloso. Afirma una libertad de expresión que parece arrinconada por los embates de la “corrección” que hoy se exige a las artes.   

Ricardo Bedoya

    

 

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