Alain Resnais

Muere Alain Resnais (1922-2014), uno de los grandes. (en la foto, con Delphine Seyrig que mira por el visor)

 

Su cine nos remite a mundos que se entremezclan:  la historieta, el musical clásico, el folletín, el teatro de boulevard,  la fascinación por la Europa de entreguerras, el artificio teatral, el melodrama, la biología, la ciencia ficción, el surrealismo, la magia, las máquinas para viajar por el tiempo, y los dramas de la Historia:  Hiroshima, Auschwitz, Argelia, España, Vietnam.

Pero también a la experimentación y la vanguardia. Sus películas son  viajes laberínticos por la memoria (“Noche y niebla”, “Te amo, te amo”; “El año pasado en Marienbad”; Hiroshima, mi amor”, “Muriel”, “La guerra ha terminado”,  “Providence”) y por el deseo (“Las hierbas salvajes”, “Mélo”, “Vous n’avez encore rien vu”, entre tantas otras) Sus trávelin, cargados de sentido, evocativos, solo admiten comparación, en belleza y perfección, con los de Max  Ophüls y con algunos de Mann, Preminger y Hitchcock.

En los inicios de su carrera hizo películas admirables. Ahí están sus documentales: desde “Van Gogh” hasta “Toda la memoria del mundo”, pasando por el clásico “Noche y niebla”. Resnais es, sin duda, uno de los documentalistas mayores.

En el inicio de su madurez realizó las películas que las historias del cine señalan como sus clásicos: “Hiroshima, mi amor” y “El año pasado en Marienbad”. El carácter renovador de ambas, y su coincidencia cronológica con la irrupción de la “Nueva Ola”, llevó a muchos a identificarlo con ese movimiento. Pero eso es un error. Resnais era un intelectual de la “Rive Gauche”, con pocas preocupaciones en común con los jóvenes turcos de “Cahiers du cinema”. No compartía con ellos ni el gusto por el “cine fenomenológico”, ni las formas de trabajo, ni las afinidades electivas, ni las convicciones políticas. Resnais era un hombre cercano al “nouveau roman”, a Marker, Duras, Robbe-Grillet, Semprún, Ives Montand, Signoret; a la “gauche divine” de esos años. Los cineastas de la “Nueva Ola” admiraron algunas de sus películas, lo vieron como un “compañero de ruta” en la afirmación de un “cine de autor” auténtico, pero nunca lo consideraron como “uno de los suyos”.

En la madurez plena firmó algunas películas ambiciosas y complejas, pero desconcertantes e irregulares: “Stavisky”, “Mi tío de América”.

En la vejez hizo sus obras maestras (lo confieso: mis preferidas, junto con “Muriel” y algunos de sus documentales): las más desafiantes,  placenteras y lúdicas (“Smoking/No smoking”,”On connaît la chanson”, “Pas sur la bouche”, “Coeurs”). Pero también conmovedoras: “El amor a muerte”, “Mélo”, “Las hierbas salvajes”. Y una película formidable, que ya anuncia el fin: “Vous n’avez encore rien vu”.

En el pasado Festival de Berlín estrenó su última película: “Aimer, boire et chanter”. ¡Qué ganas de verla!

Ricardo Bedoya

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