Pirotecnia

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Desconfiar de las imágenes. De su nitidez, de su transparencia, de su objetividad, de sus contenidos manifiestos, de su iconicidad. Desconfiar de todas las imágenes. De las testimoniales, de las documentales, de las descriptivas, de las periodísticas, de las científicas, de las bélicas, de las religiosas, de las que registran acciones representadas, de las que se ufanan de su autenticidad. Desconfiar de su naturaleza y de sus intenciones.

Esa propuesta de sistemático escepticismo es la que postula “Pirotecnia”, el primer largometraje del colombiano Federico Atehortúa, una de las mejores películas latinoamericanas de los últimos años.

En este apasionante ensayo cinematográfico, todo se pone en cuestión. Lo que vemos, cómo lo vemos e interpretamos, y la naturaleza misma de lo que tenemos ante los ojos.

La historia del cine colombiano, según Atehortúa, empieza con una actualidad reconstituida, una suerte de “fake newsreel” o “actualité postiche”, como se llamaba a las reconstrucciones fílmicas de sucesos de actualidad en los inicios del cine (que se registran ya en tiempos de James A. Williamson y Méliès, según lo estudia André Gaudreault). Luego de un intento de magnicidio, se reconstruyen para las cámaras de cine los hechos ocurridos. Desde su origen, las imágenes incorporan la posibilidad del simulacro. Y se ligan con la expresión del conflicto político y la guerra.  Detrás de las imágenes hay miradas que no solo deciden sobre las distancias y las posiciones de la cámara. Aportan también la cualidad de lo simulado.

Un siglo después de esa actualidad reconstituida, otras imágenes, acaso registradas en otros soportes, muestran a los espectadores de la televisión los “falsos positivos” de la guerra. A imágenes falsas que buscan pasar por auténticas, espectadores que quieren creen y aceptan la falsificación.

Asimilando las lecciones de Harun Farocki, Atehortúa apela a procedimientos diversos que están ligados por una narración en primera persona. El “metraje encontrado” es el sustento de la reflexión ensayística, del autorretrato, de la especulación histórica, de la confesión íntima, del retrato familiar, de la denuncia política, y de la memoria de la madre, esa mujer que optó por el mutismo, acaso como la Liv Ullman de “Persona”, como expresión de malestar ante un entorno descompuesto.

Parafraseando un título de Farocki, aquí la guerra se inscribe, de modo intencionado, en las imágenes del mundo. Y marca la frágil sensibilidad de la que prefiere el silencio.

Esta notable película se proyectará este jueves 16, a las 8 de la noche, en El Galpón, como parte de un pequeño ciclo del festival Transcinema.  

Ricardo Bedoya  

      

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