Una vida oculta

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Al inicio, se suceden las imágenes de las verdes campiñas, del inmenso firmamento y de las montañas lejanas. Todo parece equilibrado y ubérrimo. Los personajes, recortados como siluetas en el horizonte, conviven en armonía con el paisaje arcádico de esa Austria rural. El paraíso se engrandece con las perspectivas marcadas por los lentes angulares.

Al final, en cambio, todo luce gris y descompuesto en las sombrías mazmorras nazis, en las salas de interrogatorio y tortura, en el patio de la prisión donde se impide hablar a los reclusos, y en el salón del tribunal militar. También esos espacios se muestran amplios, por efecto de las focales cortas, pero es una amplitud que busca duplicar la percepción del horror.

En casi tres horas de proyección asistimos a la degradación de una escenografía. ¿Qué provoca ese deterioro?

Sin duda, la experiencia del extrañamiento y el exilio. Expulsado del jardín, por la intolerancia y la guerra, Franz Jägerstätter, el protagonista de “Una vida oculta”, asiste a la destrucción de su mundo a causa de una intolerancia que él no está dispuesto a refrendar. Una vez más, Terrence Malick diseña la fábula de la caída inevitable, de la maquinaria que arrasa el último reducto de la simplicidad pastoral.

Retomando una dimensión narrativa que fue diluyéndose en forma progresiva desde “La delgada línea roja”, Malick divide su relato en tres partes, marcadas por dos momentos decisivos: la llegada del aviso de alistamiento y el traslado del objetor de conciencia –mejor, del mártir- a Berlín.

Pero esa estructuración clásica del relato rehúye la intriga y aparece agujereada por constantes elipsis, por la dispersión de los incidentes narrativos y por el carácter flotante de los acontecimientos que nos trasladan, de modo abrupto, desde St Radegund, ese pequeño mundo, hasta la prisión o hacia a Berlín, los espacios del mal.

El montaje, antes que preservar la estricta continuidad, prefiere segmentar las situaciones, desgajando los gestos de los personajes para fijar los detalles de una expresión o las posiciones de los cuerpos en reposo sobre el suelo. Cada corte de montaje, sobre todo en la primera hora de la película, parece condensar una aspiración al infinito, acaso como premonición de lo que ocurrirá. Es una suma de pequeños retratos que parecieran registrar solo instantes privilegiados, momentos de gracia, aspirando detener el devenir. 

La tensión entre el deseo de la permanencia y la inevitable fugacidad de todas las cosas toma cuerpo en los movimientos de cámara que apenas si se detienen para fijar un detalle y prosiguen su avance, como impulsados por una fuerza superior.

Si en “Malas tierras”, en “Días de gloria”, en “La delgada línea roja”, entre otras, las voces “over” tenían funciones descriptivas, narrativas y dramáticas, aquí añaden un sentido particular. Todas se funden –sobre todo las de Franz y su esposa Fani- en una misma intención: la de orar y formular una plegaria. Y lo hacen de manera insistente, reiterativa, aunque Dios se mantenga en silencio y parezca ajeno a cualquier demanda.

De ahí el carácter sacrificial de la trayectoria del protagonista. Su resistencia es inútil, sabe que perjudicará a su familia, pero insiste en un camino crístico. Cristo sin complacencia ni aureola, como el que promete plasmar el pintor de la vieja iglesia. Un camino que, acaso le permita cumplir la fantasía (movida por la fe) transcendente de construir el nido familiar por encima de las montañas al que se refiere al inicio de la película.

Deberá ser por encima de las montañas, porque sobre la tierra se extiende el mal.

Que nadie espere encontrar aquí el retrato del objetor de conciencia convertido en activista (Franz sabe que no puede cambiar al mundo y es sordo a la apelación del personaje de Bruno Ganz), ni la interpretación histórica del ascenso del nazismo, ni la descripción de la situación política de Austria en el momento del Anschluss. No, a Malick no le interesan esas lecturas, lo que no quiere decir que no podamos hallar en “Una vida oculta” más de una alusión a la situación del mundo actual.  

El viacrucis de Jägerstätter  se organiza oponiendo categorías netas: la bondad enfrentada a la maldad; lo terrenal a lo celeste; la integridad al oportunismo. En contraste con la sensualidad de las texturas, colores y sonidos del mundo natural aparecen las poses rígidas del Führer aclamado por las masas en el Núremberg de 1934 o simulando espontaneidad en un día de paseo campestre. Y resalta la oposición más fuerte de todas: la santidad que se perfila como un gesto de resistencia ante el estado de las cosas.

Malick es enfático en sus métodos, pero gaseoso y aproximativo en sus propuestas; se complace en el virtuosismo fotográfico; cede ante la afectación y la grandilocuencia; se engolosina con la belleza de los paisajes; dilata las situaciones. Sí, tal vez todos esos reproches tengan algo de verdad y resulten aplicables a buena parte de las películas que ha realizado en los últimos veinte años. Pero en “Una vida oculta”, el virtuosismo técnico que destaca la luminosidad que irradia de St Radegund y el horizonte que se extiende en la pantalla panorámica, tanto como la narración coral, que es una súplica o invocación modulada como letanía, tienen un carácter necesario.

La película está concebida como una plegaria. Clama por la conservación de un mundo natural y de una civilización que reciben amenazas desde varios frentes. Malick, que cree en la fuerza de lo trascendente, hace una rogativa para que esas fuerzas no triunfen. Es una Ofrenda, a la manera de la película final de Tarkovski. El gesto tiene el poder de la autenticidad; es un bello gesto. 

Ricardo Bedoya

One thought on “Una vida oculta

  1. La película me impactó en forma parecida que “Silencio” de Martín Scorsese en el 2016. La diferencia puede hallarse en que Scorsese trató el tema religioso desde su heterodoxo pero practicante catolicismo. Y Malick desde una cosmovisión mucho más general que lleva su sello. Al respecto me llama la atención que los mismos críticos que alabaron ” El árbol de la vida” digan ahora que esta obra resulta “cargante”. En realidad se trata de una experiencia profunda que exige del espectador un trabajo de introversión de tres horas. Algo al que nuestro medio no está preparado lamentablemente. Por eso verla en los multicines con la gente preocupándose más por la canchita, la gaseosa, el celular (a pesar de las campañas) y la hora, es un contrasentido. Ojalá que el CCPUCP la retome.

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