Balada del hombre común

 

Lástima que “Balada del hombre común” (Inside Llewyn Davis”) esté pasando desapercibida. Es una de las mejores películas de Joel y Etan Coen y, sin duda, superior a cualquiera de las candidatas del pasado Oscar.

Es curiosa la forma en que la película esquiva varios caminos genéricos: es la historia de un compositor y cantante de música folk, pero no es una cinta biográfica; se ambienta en el mundo bohemio del Village neoyorquino de inicios de los años sesenta, pero rehúye los acentos testimoniales o la recreación verista de un lugar y una época; está atravesada por un humor peculiar, pero no es una comedia; se escuchan canciones (íntegras), pero está muy lejos del musical.  Tampoco describe una trayectoria ejemplar. Nada más alejado de los realizadores que narrar historias de éxito.

Incluso se distancia del propio “canon de los Coen”: en vez de la suficiencia sarcástica, la mirada altiva y los afanes caricaturescos de otras películas sobre el fracaso o la impotencia creativa (desde “Fargo” hasta “Barton Fink”), aquí se traza el retrato de un perdedor con asomos de afecto y emoción.

Llewyn Daves es un Odiseo desconcertado. No busca el suceso; solo algún reconocimiento y dinero para pagar sus cuentas.

Su trayectoria es invernal, congelada. Siempre lo vemos aterido, despertando sobresaltado, una y otra vez,  en los sofás incómodos de casas ajenas donde pasa la noche. Despertares bruscos que imprimen en las escenas las texturas opacas de las pesadillas. No es casual que el extraño personaje del callejón, que lo agrede al comienzo y al final de la película, aparezca en la penumbra, sin explicaciones,  como una presencia onírica, como los vaqueros fantasmas, o los vagabundos misteriosos, de las películas de David Lynch.

Al desarraigo se suma el malhumor: Llewyn tiene el don de la inoportunidad.  Y la mala fortuna.

En la semana que lo acompaña el relato se topa dos o más veces con similares problemas: dos historias de abortos; dos rechazos empresariales; dos visitas a los mismos amigos; fugas del gato; enfrentamientos con su hermana. De todas las repeticiones sale golpeado o chamuscado.  La segunda oportunidad no está hecha para él.

Pero no interrumpe el viaje, como Ulises, como los gatos.  En uno de los mejores momentos de la película, lo vemos conducir un auto, por la carretera, durante la noche.  Ve, a lo lejos, un pueblo iluminado. Ahí  vive una persona muy próxima a él y siente el impulso de ir a su encuentro. Se controla; resiste al canto de la sirena.

Otras dos grandes secuencias: las canciones que entona frente al empresario de Chicago y junto a su padre.

F. Murray Abraham encarna al empresario. Hombre sensible pero apegado a las reglas del negocio. Mientras Llewyn canta,  sobre el actor se superpone la imagen de Salieri. Mira fascinado al cantante; es evidente que aprecia su música, pero su dictamen no puede ser peor. Es el Salieri de los tiempos de la música sin aura.

La canción para el padre está cargada de melancolía. Casi al cabo de su travesía, después de buscar sin éxito el apoyo de varias figuras paternales, acude donde el anciano. Solo consigue de él un enigmático giro de la cabeza.

“Inside Llewyn Davis” es una película monocroma e invernal. Tiene el aire de un viejo grabado. El formidable Oscar Isaac  hace del “pequeño gran hombre” que aparece a menudo en las películas de los Coen. El que no puede ser como Faulkner (Barton Fink); los que nunca podrán dar un golpe perfecto como el de “Rififi” (“The Ladykillers”); el hombre que nunca estuvo; el obeso músico de jazz que queda sembrado y pinchado en un baño público; el chofer y asistente que nunca podrá ser como Burroughs ni como Ginsberg, y Llewyn, que nunca llegará a ser Dylan.

Más allá de los rechazos, el tributo que se brinda a Llewyn, ese antihéroe imaginario, está expresado en los planos medios que lo muestran cantando. Encuadres limpios,  prolongados, que observan y permiten que el tiempo y las canciones fluyan. Es la primera gran película clásica de los Coen.

 Ricardo Bedoya

2 thoughts on “Balada del hombre común

  1. No comparto tu entusiasmo. Me parece una película atractiva, curiosa, muy de los Coen, pero con limitaciones, entre ellas la presencia de Oscar Isaac, un actor al que le queda grande el papel.

  2. Creo que el artículo ha dado en el clavo con respecto a la intención del personaje. No busca el éxito ni la fama, simplemente vivir de lo que hace, y para ello sigue sus instintos, tal como lo hace Ulises, el gato, quien regresa a casa. Al pasar frente al pueblo iluminado, contra toda tentación, no se desvía, pues sigue su instintos.

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