Lima independiente: E agora? Lembra me

 

E agora? Lembra me, del portugués Joaquim Pinto, es, qué duda cabe, una gran película. Es ardua, densa, exigente e irregular, pero apasionante de principio a fin.

En un primer nivel de lectura hallamos un diario cinematográfico, esa modalidad documental que tiene como grandes maestros a Jonas Mekas, a Alain Cavalier, a Agnés Varda. El propio realizador se graba, y registra su entorno, durante un año de tratamientos médicos: lleva el virus del VIH y está diagnosticado de una hepatitis C.  Las reflexiones sobre el cuerpo invadido, cada vez más frágil, están en el centro de la película, pero no excluyen otras dimensiones: la impugnación política, los recuerdos personales, el homenaje a los amigos que ya no están, la crónica de la vida cotidiana, el retrato de familia, el recuento autobiográfico, la voluntad de hacer una  película entrecasa, la historia amorosa, entre tantas otras.

Joaquim Pinto pertenece a la estirpe de los cineastas que ofrecen su cuerpo a la indagación de la cámara. Como su compatriota y eventual colaborador Joao César Monteiro, Pinto muestra su cuerpo magro y se construye como un personaje en tránsito. Está aquí y ya no está; habla en el presente, pero desde un futuro incierto. El título de la película, polisémico, da cuenta de ese vaivén (1): “Y ahora, recuérdame”.  “Recuérdame porque ya no estoy y dejo esta película como señal de lo que pasé y viví”, parece decir Pinto. Eso impregna a la película con un sentimiento crepuscular y testamentario.

E agora? Lembra me se sustenta en la noción de lo provisorio.

La película abarca lo ocurrido en un año de la vida de Pinto, pero nada más; muestra un tratamiento médico que hoy es poderoso, pero que tal vez mañana ya haya fracasado;  habla de  un virus que está mutando, acaso para transformarse o neutralizarse.  Fugaces son, también, los momentos de felicidad que vivió Pinto en esos rodajes del pasado que existen ahora solo como pálidas imágenes en 16 milímetros. Pero la fugacidad mayor está en la percepción que el cineasta tiene de su propio cuerpo, que no logra estabilizarse, que lo lleva a padecimientos cambiantes.

El sentimiento de lo provisorio trae consigo un correlato necesario: el presente intenso pero breve.

Y eso es lo que capta la cámara, justo antes de que el tiempo fugue. Momentos urgentes de realidad, tal como los percibe Pinto, aquí y ahora. Los encuadres se prolongan para mostrar lo único, lo que no se repetirá: la agonía de un insecto; la abeja que se empeña con desmoronar la hamburguesa; los perros y los hombres revolcándose en el suelo como si los poseyera un deseo sensual y terrestre.

El cine –y sus dispositivos, empezando por la cámara- está naturalizado en el entorno del realizador.  Hacer una película es como comer,  jugar con los perros, o recordar. O como padecer la enfermedad y sentirla crecer en el cuerpo debilitado. No toma esfuerzo ni requiere de una parafernalia. Tampoco es un fetiche o un objeto de adoración. El cine es una necesidad y está siempre ahí.

Al sentirse flaquear, Pinto se encuentra con la idea de la muerte y toma su cámara para luchar contra ella. La película es un acto de resistencia.  Y las escenas que dan forma a esa rebelión contra la muerte son las mejores: se centran en la relación amorosa con Nuno, pareja de Pinto, y la presentación  de un libro del siglo XVI,  de Francisco de Holanda, que traza una cosmogonía. Las ilustraciones de ese libro precioso impulsan a E agora? Lembra me a un final extraordinario, en el que Pinto y Nuno se aprestan para dar un paso a la trascendencia.

Ricardo Bedoya

  1-  “Va y viene”, como el título de la película final de Monteiro.

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