Lima independiente: Norte, el fin de la Historia

 

Norte, el fin de la historia, del filipino Lav Díaz, despliega, en más de cuatro horas de duración, una amplitud novelesca inusual en el cine de hoy. Tomando como punto de partida la trama de Crimen y castigo, adaptada a la actualidad filipina, la película adquiriere una densidad narrativa y una amplitud en la exposición que resultan excepcionales.

Lav Díaz cuenta la historia de crimen y castigo, pero como dos hechos distintos, que nunca se implican. El criminal y el castigado son dos personas que viven sus conductas como maldiciones individuales, destinos funestos. Díaz los observa en sus furias y sus caídas y en todas sus contradicciones.

Y ubica sus trayectorias individuales en el horizonte del país: Fabián, el criminal, teórico revolucionario, vocero del cambio violento, mata a una mujer despreciable y abusiva, pero no logra cambiar ni su entorno ni las condiciones sociales. Lo único que consigue es condenar a la miseria y al sufrimiento a la familia de Joaquín, el falso culpable, que paga en prisión por el homicidio que cometió Fabián. El discurso revolucionario traicionado, convertido en vil asesinato, es el signo de una Historia que se repite en Filipinas, postula Diaz.

La traición política y la impunidad son el norte de una Historia que no tiene fin.

Todo se pone en cuestión en esta gran película política: desde la intangibilidad de los héroes y próceres de la patria hasta el concepto mismo de justicia. Es la Historia como representación inevitablemente trágica que tiene como protagonistas a personajes ínfimos.

Y Díaz construye su alegoría no desde un concepto abstracto que exija ser ilustrado. Lo hace desde el apego a lo material y lo concreto. Desde un naturalismo áspero y rugoso. Planos secuencias, rigurosa composición en profundidad, un sentido casi coreográfico en la disposición y movimientos de los personajes en el encuadre, atención a la presencia natural y a las atmósferas, a los colores del firmamento y a las diferencias climáticas.

Si no fuera por la modernidad radical de la película, diríamos que Díaz es un clasicista depurado. Aunque aquí se puede confirmar el aserto de Godard en Banda aparte: clásico = moderno.

De lejos, lo mejor visto durante el festival, junto con E agora? Lembra me.

 

Ricardo Bedoya

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