Lima independiente: El futuro

 

El futuro, del español Luis López Carrasco,  es una película que da cuerpo a un rígido dispositivo conceptual.

El Partido Socialista Obrero Español llega al poder en España. Sobre la pantalla negra, escuchamos un discurso de Felipe González. Mediando transiciones bruscas, simulando ser saltos de rollo, o colas de proyección, vemos de pronto una fiesta. Los invitados, vestidos y peinados como hace treinta años, hablan, pero no siempre escuchamos lo que dicen. Por ahí se filtran algunas frases que permiten situar tiempo y lugar: acaso celebran el triunfo socialista; son los hijos de la transición política española y debaten sobre el papel de ETA o sobre el futuro de la Corona.

El color aparece deslavado y solo la música se percibe con nitidez. El camarógrafo de ese simulacro de “material encontrado” de 1982 nunca elige el encuadre frontal ni se detiene. Va y viene en su registro, elige perfiles y sombras, corta de modo insistente, deja la impresión de un conjunto de vistas en desequilibrio, o de rushes en bruto, o de pruebas de pantalla sin descartar. Los participantes en la fiesta aparecen siempre filtrados, mediados, reencuadrados u ocultos parcialmente por un objeto o algún otro personaje difuminado por acción de las focales largas. El grano expuesto de la película da a la imagen un aspecto entre urgente y desaliñado.

Escuchamos melodías de bandas populares en la época: es un telón de fondo sonoro construido con maestría.

La impresión que deja esa proyección es la de un conjunto de filmaciones caseras, hechas con el soporte fotoquímico propio de inicios de los años ochenta: testimonian un momento de euforia.

Pero, de pronto, se cuelan una imágenes familiares. Fotos de la familia feliz franquista de los años sesenta, o tal vez, de fines de los cincuenta. Imágenes plácidas en las que podemos ver a un niño haciendo el saludo falangista. El futuro señala las continuidades, a pesar del cambio. El germen del pasado que empieza a carcomer al tiempo frenético de la “movida”.

Y entonces se retoma la fiesta, pero en su momento terminal. Ya no domina el acercamiento impresionista y fragmentario. Ahora, el “filmador” privilegia las escenas completas, le da tiempo al registro, la juerga se hace más o menos audible e inteligible. La euforia y el cansancio llegan con el convite de los pechos maternos que una asistente ofrece con generosidad. Licor y leche en el final de la juerga. Y una vez más las imágenes que se cortan, se oscurecen, se perforan, se ensucian. Un círculo negro se sobreimprime. El “material encontrado” se acaba. El material fílmico se degrada al igual que el júbilo

La madre España, de pechos y tradiciones abundantes, termina por imponerse. En 2013, la fiesta, como la euforia del cambio, se ha diluido. El pecho de la celebrante libertaria se ha secado. Las últimas imágenes, las de la resaca, solo muestran edificios vacíos y las huellas del paro.

Ricardo Bedoya

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