Apuntes. Jersey Boys y Amar, beber y cantar

Veo “Jersey Boys: persiguiendo la música”, de Clint Eastwood, y “Amar, beber y cantar”, de Alain Resnais. A primera vista todo las separa, pero poseen varios puntos en común. El primero, causar una suerte de fascinación. Ambas son películas que apuestan al artificio. En vez de rehuir los mecanismos de sus obras de origen-Broadway en el caso de Eastwood y la comedia teatral de situaciones en Resnais- tratando de “airearlas”, potencian sus convenciones, exhibiéndolas tal como son. Los sucesivos narradores hablan mirando a la cámara en “Jersey Boys” (en un mecanismo de apelación que la obra tomó de “Buenos muchachos”, de Scorsese, tan influida por los tiempos y múisca de Frankie Valli), y las parejas de protagonistas en “Amar, beber y cantar” entran y salen “de escena”.

¿Se trata de teatro filmado?

De ninguna manera. Eastwood y Resnais modulan las situaciones, construyen tensiones cinematográficas, pasan de la euforia a la melancolía instalando un tiempo marcado por los cortes del montaje o por la fuerza de la observación.

Basta ver dos momentos de ambas películas para darse cuenta de ello.

En el final de la película de Resnais, articulada sobre la ausencia física de un personaje siempre presente en los diálogos, las parejas puestas en crisis por la intervención del amigo que no está, resuelven sus conflictos en una sucesión de giros que el montaje alterna. Tiempos y espacios que se entrecruzan adquieren nuevos sentidos. De pronto, los escenarios de ese juego brillante se tornan sombríos y la comedia se encuentra con el melodrama. La película adquiere una densidad inesperada. Los planos finales son los de la despedida de Resnais.

En “Jersey Boys”, el personaje de Frankie Valli, en presencia de los miembros de su grupo musical, del “padrino” Christopher Walken y de un cobrador de la mafia, decide hacerse cargo de la deuda de su compañero, el compulsivo Tommy deVito (una actuación magnífica de Vincent Piazza). Es una escena de grupo, filmada de acuerdo a los cánones del estilo clásico. Los planos abiertos son de ubicación espacial y los más cerrados se aplican a describir y marcar el diseño de ese espacio virtual señalado por la continuidad de las miradas. Pero lo usual da paso a una intensidad creciente. Los desplazamientos de los actores, su ubicación en el encuadre, las relaciones de fuerza que se crean entre ellos, el tiempo que se dilata en la observación, la entonación de los diálogos, la crispación y el relajamiento de cada uno de los personajes, los movimientos tensos de los involucrados en el problema económico frente a la impasible actitud de los testigos, y la inversión de las valencias dramáticas habituales, presentando a mafiosos pasivos y a “Jersey boys” al borde del ataque de nervios. Dan forma a una secuencia ejemplar, la mejor de una película que se goza, a pesar de sus altibajos.

Un último punto en común: ya nadie filma como Eastwood, ni lo hará como Resnais.

Ricardo Bedoya

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