Perdida

ATENCIÓN: Este comentario revela detalles importantes de la trama. Puro spoiler.

 

“Perdida” no es la mejor película de David Fincher (“Zodiac” y “La red social” son mis preferidas, sobre todo -y de lejos- la primera), pero está filmada con estilo, es un ejercicio narrativo brillante, o astuto, y juega con las expectativas del público durante dos horas y media.

Una mujer joven, famosa durante su infancia, casada con un hombre de apariencia próspera, desaparece de la noche a la mañana, el día del cumpleaños de su esposo. No hay motivos visibles que expliquen lo ocurrido. Podría ser un secuestro, pero también un accidente. O acaso un crimen premeditado. Todas las posibilidades se abren en el misterio. Poco a poco, se empiezan a esbozar otras posibilidades: ¿Será culpable el marido? ¿La habrá asesinado y hecho desaparecer?

Mientras tanto, conocemos el pasado de la pareja. La forma en que se conocieron y lo que pasó entre ellos, gracias a la lectura del diario íntimo de la mujer.

Justo cuando el relato comienza a descubrir las huellas de lo criminal, la tensión dramática crece, la pesquisa de la desaparecida se pone en acción, la situación del marido se complica, se construye un carnaval mediático y el thriller parece marchar sobre ruedas, ocurre lo imprevisto.

La historia se parte en dos, las acciones recomienzan, todo lo que creíamos verdadero resulta un simulacro y las motivaciones de los personajes se van descubriendo progresivamente. Y ellas no siempre están guiadas por causas racionales. Sus comportamientos son caprichosos, arbitrarios y escapan a lo previsible.

Amy (Rosamunde Pike), la esposa fugada, en un vuelco sensacional del relato, interviene como la Kim Novak de “Vértigo” para dar el giro de tuerca a la historia y aportar un sentido nuevo a su diario personal, el de la esposa cosmopolita pero enamorada de un Ben Affleck inquietante en su inexpresividad.

Y con la revelación de Amy saltan los tiempos narrativos y los puntos de vista  en beneficio de una narración que se concentra y un tratamiento cinematográfico que deja a un lado los artificios visuales de las primeras películas de Fincher. Los recuerdos del pasado y la subjetividad de la desaparecida se convierten en el testimonio, tal vez trucado, de una mujer que acaso ya no está en este mundo. Lo cotidiano adquiere entonces la gravedad de una memoria que resuena desde ultratumba.

Cuando creíamos estar ante un relato que interroga con las clásicas preguntas del clásico “¿quién lo hizo?” o “¿dónde puede estar?”, las acciones conducen hacia otro tipo de emociones: el de las argucias que cada uno de esos cónyuges y rivales ponen en juego para salir con la suya.

Mientras tanto, se desmontan las apariencias de un mundo impecable y pulido; el lado visible de la perversidad.

Como en “Seven: Pecados capitales”, aquí también se indaga por el mal. Pero no se lo busca en la decadencia de la gran ciudad y sus bajos fondos. El mal se esconde en lo más trivial, como los hechos rutinarios del matrimonio; o el trato con los vecinos; o las relaciones con los padres políticos; o la vida tranquila en un lugar afectado por la crisis como Missouri.

Todo tiene dos rostros en “Perdida”. En el anverso, aparece la “Asombrosa Amy” moviéndose sin contradecir la imagen mediática de su personaje infantil, adoptando en privado la figura de la esposa comprensiva. En el reverso, suma las habilidades y temibles atributos de Barbara Stanwick, Jane Greer, Lana Turner y Linda Fiorentino, superándolas a todas juntas.  Es la mujer siniestra del “film noir” en versión corregida y aumentada.

También es una vengadora en tiempos de mujeres poderosas que ajustan cuentan con las figuras patriarcales. Aprovecha la redención de su esposo para clavarle el agujón venenoso.

Anverso y reverso que también percibimos en la casa de la pareja, grande como un museo, con un cuarto para el gato, pero tan plagada de ecos amenazantes como la mansión de “Rebeca”.

Como en “Zodiac”, lo desafiante no está en hallar la identidad de algún culpable, sino en la búsqueda misma. Es la aventura de encontrarse en un laberinto de pistas opacas o de doble faz. Como que la película es también una sátira de la institución matrimonial y del mundo de falsas apariencias que la envuelven. Mientras el drama criminal se desarrolla, Fincher describe, con ironía, la hipocresía del entorno social y las mentiras aceptadas como verdades.

Un costado humorístico que roza, en la parte final, con lo inverosímil y lo grotesco. Es el pasaje más débil de la película. Fincher, cineasta obsesivo, racional  y perfeccionista, ni si quisiera altera el tono para abordar el exceso. Tal vez otro director, como Brian dePalma (viendo la película pensaba en “Obsesión”), hubiera  potenciado ese final con su desparpajo y sentido del delirio.

Ricardo Bedoya

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