{"id":1498,"date":"2015-05-22T23:57:48","date_gmt":"2015-05-22T23:57:48","guid":{"rendered":"http:\/\/www.paginasdeldiariodesatan.com\/pdds\/?p=1498"},"modified":"2015-05-22T23:57:48","modified_gmt":"2015-05-22T23:57:48","slug":"35-anos-de-el-hombre-elefante-de-david-lynch","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/?p=1498","title":{"rendered":"35 a\u00f1os de &#8220;El hombre elefante&#8221; de David Lynch"},"content":{"rendered":"<p><strong>V\u00edctor Hugo Palacios Cruz nos env\u00eda este art\u00edculo sobre la famosa pel\u00edcula de David Lynch.<\/strong><\/p>\n<p><em><span style=\"color: #000000; font-size: medium;\">(Este art\u00edculo detalla el argumento y el desenlace del filme. No obstante, el autor tiene la certeza de que ello no menoscaba la sacudida honda y duradera que su visionado produce.)<\/span><\/em><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\"><img alt=\"\" src=\"http:\/\/cine-express.e-monsite.com\/medias\/images\/elephant-man-6.jpg\" \/><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\"><i>El hombre elefante<\/i> (<i>The Elephant Man<\/i>, 1980) es, sin duda, una de las pel\u00edculas m\u00e1s conmovedoras del cine de las \u00faltimas d\u00e9cadas. Por el personaje que retrata, pero tambi\u00e9n por su estricta cualidad cinematogr\u00e1fica. Con el material excepcionalmente dram\u00e1tico que proporcionaba el caso de Joseph Merrick (1862-1890) \u2013un joven ingl\u00e9s aquejado de ins\u00f3litas deformidades sin hasta ahora un\u00e1nime etiolog\u00eda\u2013, cab\u00eda la posibilidad de componer un relato melodram\u00e1tico con garant\u00eda de triunfo comercial. Sin embargo, David Lynch, su director, hizo de todo ello una pel\u00edcula sobria, l\u00facida y estremecedora. Incluso su empleo pedag\u00f3gico y filos\u00f3fico \u2013la he disfrutado y debatido con un p\u00fablico universitario en muchas ocasiones\u2013 no distrae nunca de su arte y su cuidadosa factura.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">En 1977 Lynch hab\u00eda estrenado su perturbador largometraje <i>Eraserhead<\/i> del que Stanley Kubrick declar\u00f3 que era una de sus obras preferidas en la historia del cine. El productor y comediante Mel Brooks vio en su talento la mejor opci\u00f3n para llevar a la pantalla un gui\u00f3n que firmar\u00edan el propio Lynch, Christopher De Vore y Eric Bergren, a partir de los libros <i>El hombre elefante y otras reminiscencias<\/i> (1923) de Frederick Treves (que trat\u00f3 personalmente al desafortunado protagonista) y <i>El hombre elefante: un estudio de la dignidad humana<\/i> (1971) de Ashley Montagu.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Ignoro si casualmente o no, pero entre 1980 y 1981 una versi\u00f3n teatral sobre Joseph Merrick, escrita por Bernard Pomerance, fue presentada en Broadway con la actuaci\u00f3n del m\u00fasico y actor David Bowie, bajo la direcci\u00f3n de Jack Hofsiss. (A Lima lleg\u00f3 en 2013 bajo la direcci\u00f3n de Joaqu\u00edn Vargas A., con resultados insatisfactorios seg\u00fan la cr\u00edtica.)<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\"><i>The Elephant Man<\/i> de David Lynch obtuvo en 1981 ocho nominaciones a los premios Oscars (en las categor\u00edas de pel\u00edcula, director, actor, gui\u00f3n, m\u00fasica, direcci\u00f3n art\u00edstica, dise\u00f1o de vestuario y montaje). Asombra que no recibiera ninguno. <i>Gente corriente<\/i> (<i>Ordinary People<\/i>, 1980) de Robert Redford se llev\u00f3 la estatuilla como mejor pel\u00edcula. Se recuerdan las palabras de Mel Brooks tras la ceremonia: \u201cdentro de diez a\u00f1os <i>Gente corriente<\/i> solo ser\u00e1 una pregunta m\u00e1s en el juego del <i>Trivial Pursuit<\/i>, mientras que <i>El hombre elefante<\/i> ser\u00e1 un filme que la gente seguir\u00e1 viendo con inter\u00e9s\u201d. Se equivoc\u00f3: treinta y cinco a\u00f1os m\u00e1s tarde a\u00fan sobrecoge y desata conversaciones tan sentidas como razonadas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Para empezar, la decisi\u00f3n que toma Lynch de rodar en blanco y negro es ya significativa. La supresi\u00f3n de los colores impide una espectacularidad que habr\u00eda adulterado la sustancia del protagonista y sus vicisitudes. En literatura, un texto como <i>La transformaci\u00f3n<\/i> de Kafka (discutiblemente traducido como <i>Metamorfosis<\/i> en el hemisferio hisp\u00e1nico) propone una historia cuya contundencia se habr\u00eda visto interferida por el esmero verbal. Es la elecci\u00f3n est\u00e9tica que inspira un acercamiento respetuoso a la condici\u00f3n de Joseph Merrick. Lynch no quiso ser otro m\u00e1s que viviera de la exposici\u00f3n de sus penalidades.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">La apertura del filme es absolutamente cl\u00e1sica: cr\u00e9ditos sobre fundido en negro que sosiegan la respiraci\u00f3n. La m\u00fasica que puebla esa primera negaci\u00f3n de la imagen intriga sin dejar de ser dulce. Sonidos originarios del mundo circense arreglados como una fina canci\u00f3n de cuna. Y luego, la irrupci\u00f3n de elefantes que barritan aplastando esa tierna obertura. Vol\u00famenes rugosos y brutales que derriban a una mujer encinta. Tras una nube, un probable vapor de m\u00e1quinas y la l\u00ednea aguda de un llanto de beb\u00e9.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">John Hurt, bajo kilos de pastas y pr\u00f3tesis, es un John Merrick (nombre de pila que sigue el modo c\u00f3mo lo llam\u00f3 el doctor Frederick Treves) que se desplaza costosamente, bamboleante entre la penuria y la dignidad, entre la torpeza y la ternura. La caracterizaci\u00f3n f\u00edsica del \u201chombre elefante\u201d (as\u00ed conocido por el testimonio que Merrick daba sobre el origen de su aspecto) reproduce con exactitud artesanal al retratado en fotograf\u00edas de fines del siglo XIX. Lo que, de otro lado, hace admirable el trabajo actoral de David Bowie en la versi\u00f3n contempor\u00e1nea de Broadway, que prescinde de cualquier aditamento para encargar \u00fanicamente a su delgado cuerpo y su voz la sugerencia de la figura de aquel desdichado (se dice que con un resultado efectivo).<\/span><\/p>\n<p><img alt=\"\" src=\"http:\/\/i.ytimg.com\/vi\/z5gNBW5H_EU\/hqdefault.jpg\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Anthony Hopkins, por su parte, combina en Treves la ecuanimidad con una cuota de pertinente flema inglesa. No obstante, se percibe elaboraci\u00f3n en su mesura, en un m\u00e9dico que tiene cerca el dolor y la tragedia y que, al final, experimenta la reconciliaci\u00f3n consigo mismo. Incluso cuando, entre el estupor y la conmiseraci\u00f3n, ve por vez primera a Merrick acuclillado en el s\u00f3rdido rinc\u00f3n donde lo oculta Bytes, el amo que lucra con su exhibici\u00f3n; cuando a solas se desvela angustiado por la rectitud de su relaci\u00f3n profesional con \u00e9l; y cuando abraza al Merrick rescatado por la polic\u00eda luego de una torturante traves\u00eda. En estos y otros casos, el acento emocional no lo ponen la mand\u00edbula o los hombros, sino, apenas y n\u00edtidamente, la modulaci\u00f3n de la mirada y el destello de los ojos. (Es una obvia excepci\u00f3n su ira cuando enfrenta al vigilante que, lucrando con Merrick internado y protegido en un hospital, lo deja sin saberlo expuesto a la reaparici\u00f3n de Bytes.)<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Creo que a\u00fan m\u00e1s admirable es el desempe\u00f1o de Freddie Jones, el detestable Bytes que explota a Merrick como espect\u00e1culo itinerante. Sus ojos ebrios y afilados, el temblor de su rostro mal rasurado, sus manos lentas y repulsivas, y la alternancia de susurros aduladores y gritos de encono con que trata a su esclavo \u2013\u201cmi tesoro\u201d, lo llama\u2013, crean una malicia tan abominable como fr\u00e1gil, una aut\u00e9ntica ruindad de alcantarilla.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">En una de las primeras escenas, durante una cirug\u00eda de rutina que realiza Treves, se observa el destrozo humano causado por las m\u00e1quinas. En el afligido y perplejo Henry Spencer de <i>Eraserhead<\/i>, Lynch ya hab\u00eda remarcado la deshumanizaci\u00f3n de la prosperidad urbana. A lo largo de <i>The Elephant Man<\/i>, numerosas escenas de chimeneas, fuelles y articulaciones preceden a la visi\u00f3n de un Merrick que, si bien intimida a quienes lo observan, se sobresalta como un ni\u00f1o desamparado en la noche, por ejemplo ante la resonante campana del reloj de la torre de una iglesia. Aun el sonido religioso que producen unos mecanismos de metal lo aterroriza.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Tierno, doloroso y a la vez m\u00e1gico el pasaje en que se ve a Merrick dormir intranquilo, los dedos aferrando una s\u00e1bana sobre las rodillas. La c\u00e1mara gira hacia la izquierda, enfocando su tosco gorro-capucha, esa especie de velo de pudor que cubr\u00eda su descomunal cabeza. El cuadro se aproxima al ojo zurcido en la pieza y avanza hasta entrar por \u00e9l para presenciar una pesadilla de Merrick. Vemos de nuevo a su madre derribada por gigantes paquidermos. Despu\u00e9s, extremidades de obreros sincronizadas y repetitivas como las partes engrasadas de una eficiente maquinaria. Surgen unos hombres, obreros posiblemente, que lo insultan, lo enfrentan a la crueldad del espejo y le propinan un puntapi\u00e9. Sospechamos, entonces, que el animal que espant\u00f3 a su progenitora y produjo el mal que lo aqueja no es ning\u00fan mam\u00edfero salvaje, sino la ciudad moderna, de lomos de hierro y cemento, y de colmillos capitalistas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Por una reciprocidad de intereses, Treves consigue que Bytes le ceda a Merrick para unos ex\u00e1menes que, con cierta vanidad, comunica a la sociedad cient\u00edfica de Londres en una solemne conferencia. Luego de esta nueva exhibici\u00f3n, esta vez ante el escrutinio de expertos que contemplan una transgresi\u00f3n de las taxonom\u00edas con que hab\u00edan clasificado lo conocido, el \u201chombre elefante\u201d regresa en carruaje resguardado por la penumbra a su vida de oprobio. Un colega consulta a Treves sobre la salud mental del \u201cenfermo\u201d. \u201cEs retrasado\u201d, contesta y en seguida a\u00f1ade: \u201ceso espero\u201d. M\u00e1s que una certeza, es el deseo de que el sufrimiento del infeliz no se vea aumentado por la lucidez. (La conciencia como fuente de tormento de que hablaba Schopenhauer.)<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">En suma, el destino de Merrick vacila entre las ambiciones de un empresario y las \u00ednfulas de un acad\u00e9mico, que se disputan una pieza irrepetible bajo el pretexto de su invalidez. Con la marcha de la historia entendemos que es \u00fanicamente objeto de espect\u00e1culo, objeto cient\u00edfico y objeto de la curiosidad de la aristocracia londinense que acude a visitarlo al hospital, con el permiso de Treves que cree sinceramente que de este modo le proporciona una reivindicaci\u00f3n, adem\u00e1s de distracci\u00f3n.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Merrick solo alcanza a verse a s\u00ed mismo, reconocido en su persona y no en su observable anomal\u00eda, cuando se convence de la amistad de quienes llegan a cuidarlo en el hospital. Luego de superar sus dilemas morales para, al fin, comprometerse con \u00e9l ya no cient\u00edfica sino humanamente (confiesa al \u201cpaciente\u201d que su caso es incurable), Treves le dice a Merrick que ha aprendido mucho de \u00e9l, y este le corresponde llam\u00e1ndolo \u201cmi querido amigo\u201d.<\/span><\/p>\n<p><img alt=\"\" src=\"http:\/\/38.media.tumblr.com\/d5d994d62d0124210da5136dbbbe7411\/tumblr_inline_nby7hi28GC1qeokco.jpg\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">El libro <i>La verdadera historia del Hombre Elefante<\/i>, de Michael Howell y Peter Ford (Madrid, Turner, 2008) suministra suficiente informaci\u00f3n, incluso gr\u00e1fica, para reconstruir el itinerario del protagonista. En el mismo volumen se pueden leer el breve texto autobiogr\u00e1fico que escribi\u00f3 Joseph Merrick, as\u00ed como la memoria del caso que redact\u00f3 Sir Frederick Treves varios a\u00f1os despu\u00e9s.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Por su apariencia, tuvo \u201cdif\u00edcil mezclarse con otros ni\u00f1os; ahora se le hizo imposible participar en sus juegos, puesto que apenas pod\u00eda renquear. Sin duda, su madre hizo cuanto estuvo en sus manos para\u00a0 que subida fuera lo m\u00e1s normal posible, puesto que lo mandaba cada d\u00eda al colegio. Aun as\u00ed, tuvo que darse cuenta de que las deformidades iban dejando huella en su esp\u00edritu, de que se estaba convirtiendo en un ni\u00f1o introspectivo y solitario, aislado de los muchachos de su edad y cada vez m\u00e1s dependiente de la compa\u00f1\u00eda materna\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Tras la muerte de su madre, su padre se cas\u00f3 nuevamente y \u00e9l pas\u00f3 a vivir en el hogar de su madrastra. \u201cA diario, mientras Joseph recorr\u00eda la ciudad en busca de un trabajo con el cual suplir el que hab\u00eda perdido, comprobaba que su apariencia y su estado eran obst\u00e1culos que se iban convirtiendo en insuperables. Cada vez era m\u00e1s consciente de la carga que representaba para su familia; de hecho, nunca permitieron que lo olvidara, pues ten\u00eda que afrontar las incesantes acusaciones de su madrastra, que lo reprend\u00eda por haber estado haraganeando por las calles en lugar de buscar empleo. Con frecuencia, Emma le pon\u00eda el plato en la mesa con el comentario de que aquello era m\u00e1s de lo que hab\u00eda ganado, aunque el plato estuviera medio vac\u00edo. \u00c9l se daba cuenta de que lo convert\u00edan en el blanco de burlas y desprecios, los cuales lo her\u00edan tan profundamente que empez\u00f3 a evitar la hora de las comidas. Prefer\u00eda ir renqueando por las calles y contener el hambre a enfrentarse a la lengua viperina de su madrastra, que no ocultaba cu\u00e1n desagradable se le hac\u00eda su presencia en la casa.\u201d<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Empleado como vendedor ambulante, \u201clleg\u00f3 el d\u00eda en que qued\u00f3 en evidencia su incapacidad para vender la cantidad requerida. Joseph, desnutrido a la saz\u00f3n, para calmar su hambre gast\u00f3 en comida el poco dinero que hab\u00eda obtenido. Cuando al fin regreso a Rusell Square recibi\u00f3 la paliza m\u00e1s tremenda de su vida. Los golpes da\u00f1aron algo m\u00e1s que su cuerpo; destruyeron los \u00faltimos lazos que, por escasos que fueran, lo un\u00edan a\u00fan a su padre. Abandon\u00f3 la casa a sabiendas de que esta vez no regresar\u00eda. [\u2026] estaba al borde de la indigencia y era poco m\u00e1s que un vagabundo. Su padre no volvi\u00f3 a salir en su busca\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Agrega un testimonio del Doctor Treves: Merrick \u201ccareci\u00f3 de infancia. No hab\u00eda disfrutado de la mocedad. Nunca hab\u00eda experimentado el placer. Desconoc\u00eda la alegr\u00eda de vivir y la diversi\u00f3n. Su \u00fanica idea de la felicidad era adentrarse sigilosamente en la oscuridad y ocultarse. Encerrado y solo en una barraca, a la espera de la siguiente exhibici\u00f3n, \u00a1qu\u00e9 crueles deb\u00edan de sonar en sus o\u00eddos la risa y el j\u00fabilo de los muchachos y las muchachas que afuera disfrutaban de la diversi\u00f3n de la feria. Carec\u00eda de pasado en que recrearse y de futuro al que aguardar\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Otro c\u00e9lebre monstruo, proveniente de la ficci\u00f3n en este caso, el jorobado de <i>Nuestra se\u00f1ora de Par\u00eds<\/i>, en una relaci\u00f3n de causa-efecto (esa categor\u00eda que la ciencia del siglo XIX crey\u00f3 la llave maestra para entreabrir los secretos de todo lo existente), devuelve a la sociedad el mismo mal que ha recibido de ella: \u201cla maldad no era tal vez innata en \u00e9l \u2013escribe V\u00edctor Hugo\u2013. Desde sus primeros pasos entre los hombres, se hab\u00eda sentido y luego se hab\u00eda visto abucheado, insultado, rechazado. La palabra humana era para \u00e9l, siempre, una burla o una maldici\u00f3n. Al crecer no hab\u00eda encontrado m\u00e1s que odio en torno suyo. Y lo hab\u00eda cogido. Hab\u00eda aceptado la maldad general. Hab\u00eda recogido el arma con que le hab\u00edan herido\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">En el lenguaje antropol\u00f3gico de Hannah Arendt, Merrick rompe esa linealidad y confirma la capacidad de inicio de la voluntad, aun en el ser m\u00e1s f\u00edsicamente endeble y m\u00e1s moralmente lastimado, al no responder la malicia del pr\u00f3jimo con despecho, ira o amargura. Apenas encuentra acogimiento, consideraci\u00f3n y confianza en el hospital, sus gestos son ya de descanso y regocijo, de consonancia con el mundo y de un humor amable y agradecido. Fascinante y sobrecogedor como es el ficticio Quasimodo, sin duda el Merrick real le supera en humanidad.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Dice Sir Frederick Treves: \u201cser\u00eda razonable conjeturar que se hubiese convertido en un mis\u00e1ntropo rencoroso y maligno, henchido de ponzo\u00f1a y lleno de odio hacia sus semejantes, o que, de otro modo, degenerara en un melanc\u00f3lico desesperado al borde de la imbecilidad. Sin embargo, ese no era el caso de Merrick. Hab\u00eda pasado a trav\u00e9s del fuego y hab\u00eda surgido indemne. Sus aflicciones lo hab\u00edan ennoblecido. Demostr\u00f3 ser una criatura tierna, afectuosa y adorable, tan afable como una mujer dichosa, libre de cualquier indicio de cinismo o resentimiento, sin un reproche ni una palabra destemplada para nadie. Nunca o\u00ed una queja de sus labios. Jam\u00e1s le he o\u00eddo lamentarse por su frustrada vida o contrariarse por el trato que recibi\u00f3 de manos de sus crueles custodios. [\u2026] Su gratitud para quienes lo rodeaban se manifestaba con una sinceridad que conmov\u00eda y con la simple elocuencia infantil con la que se expresaba\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Tal nobleza se extiende hasta el decoro con que conduce su presencia en toda circunstancia. Establecido en el hospital, Merrick adopta una honorabilidad, una cortes\u00eda y hasta cierta elegancia visible, por ejemplo, en la forma c\u00f3mo alisa sus ropas, en la circunspecci\u00f3n de sus modales y en el empleo ceremonioso que hace de su neceser, como si se tratara de un fino gentleman. A solas o delante de testigos, se yergue y enaltece a s\u00ed mismo de un modo que no puede ser interpretado como infantil. No obstante la conciencia de su condici\u00f3n y el imposible olvido del ultraje, Merrick es el primero en atribuirse a s\u00ed mismo la dignidad.<\/span><\/p>\n<p><img alt=\"\" src=\"http:\/\/images2.fanpop.com\/image\/photos\/11100000\/The-Elephant-Man-Movie-Still-the-elephant-man-11130923-800-365.jpg\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Pero esta pulcritud ten\u00eda un l\u00edmite obvio y doloroso. Tal como transmite la actuaci\u00f3n de John Hurt, son las posturas y el lenguaje, jam\u00e1s el propio cuerpo o la voz, las que ejecutan esa excelsitud. En cierto modo como si una preciosa melod\u00eda tratara de sonar a trav\u00e9s de un instrumento in\u00fatil. Escribe el doctor Treves: \u201cla mayor\u00eda de los hombres de la edad de Merrick habr\u00edan expresado su j\u00fabilo y su satisfacci\u00f3n cantando o silbando cuando se hallaban a solas. Por desgracia, la boca del pobre Merrick estaba tan desfigurada que no pod\u00eda hacer ni lo uno ni lo otro, de manera que se contentaba con marcar sobre un almohad\u00f3n el comp\u00e1s de cierta melod\u00eda que le sonaba en la cabeza. Muchas veces lo hall\u00e9 en tal ocupaci\u00f3n al entrar en su habitaci\u00f3n de improviso. Una cosa que siempre me entristec\u00eda de Merrick era su imposibilidad para esbozar una sonrisa. Por muy alegre que estuviera, su rostro permanec\u00eda vac\u00edo de toda expresi\u00f3n. Pod\u00eda llorar, pero no era capaz de re\u00edr\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Vuelvo a la contenci\u00f3n con que el montaje de <i>The Elephant Man<\/i> registra los momentos sentimentalmente \u00e1lgidos: cuando Treves ve por primera vez a Merrick; cuando la esposa de Treves se quiebra ante la forma c\u00f3mo el infortunado menciona la belleza de su madre cuyo retrato atesora; cuando Merrick se sorprende porque la actriz de teatro Mrs. Kendall le dice \u201cMister Merrick, usted no es un hombre elefante; usted es Romeo\u201d; cuando Treves y \u00e9l se abrazan luego de una desgraciada separaci\u00f3n; y otros. Primeros planos de rostros inm\u00f3viles de ojos que primero brillan y, luego, liberan el capullo de una l\u00e1grima. Esa econom\u00eda de la imagen \u2013contraria al exceso de informaci\u00f3n y la transparencia de las privacidades en nuestro tiempo, que Byung-Chul-Han examina en su ensayo <i>La agon\u00eda de Eros<\/i>\u2013, logra que el efecto de la situaci\u00f3n prosiga persuasivamente dentro del espectador. Al dejar visualmente irresuelto un proceso emocional, Lynch obtiene de nosotros un mayor grado de compromiso y experiencia.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Cuando Bytes recupera a su \u201ctesoro\u201d, lo lleva esta vez fuera de Inglaterra y lo integra en una comparsa formada por una pareja de enanos, un hermafrodita, un gigante y otros personajes de feria, que forman una comunidad que parece vivir el c\u00f3digo que se oye en la inolvidable <i>Freaks<\/i> de Tod Borwning (1932): \u201cquien hace da\u00f1o a uno de nosotros, lo hace a todos\u201d. Un Bytes borracho, iracundo por el desmayo de Merrick en una reciente funci\u00f3n, termina por encerrarlo despiadadamente en una jaula junto a unos monos feroces. A espaldas del patr\u00f3n, sus compa\u00f1eros de infortunio lo liberan a fin de conducirlo hasta un puerto donde pueda embarcarse de vuelta a la isla. La noche, un bosque y un lago confieren un clima de cuento a una caravana de extravagante pero solidaria humanidad, tutelada por alg\u00fan esp\u00edritu, un hada buena invisibles entre los \u00e1rboles y atenta a los desheredados. \u201cMucha suerte, amigo. \u00bfQui\u00e9n la necesita m\u00e1s que nosotros?\u201d, le dice uno de los enanos a Merrick, quien, a duras penas, sube no a un camarote de tercera clase, sino a un rinc\u00f3n de cubierta donde quedar\u00e1, durante el viaje, expuesto a una tempestad que agravar\u00e1 su salud.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Hay fidelidad a los hechos originales en este tramo de la historia. Pero Lynch se ha permitido una licencia al presentar a un John Merrick vejado por un feriante aborrecible. En realidad, el propio Joseph Merrick fue quien decidi\u00f3 enrolarse en el negocio de un promotor de espect\u00e1culos en Leicester. Se sabe que lleg\u00f3 a evocar con gratitud a sus compa\u00f1eros de trabajo. Fue su segundo empleador, Tom Norman, quien voluntaria y discretamente llev\u00f3 a Merrick al hospital donde trabajaba Treves. El diagn\u00f3stico de incurable, hacia 1885, explica que despu\u00e9s de aquella cita m\u00e9dica \u00e9l volviera a trabajar para Norman. Pero solo por unos meses m\u00e1s, pues a ra\u00edz de nuevas prohibiciones policiales, este tuvo que dejar a Merrick en manos de un empresario de apellido Ferrari que lo llevar\u00eda al continente europeo. Por desgracia, las restricciones a\u00fan m\u00e1s severas para estas actividades en B\u00e9lgica, llevaron a Ferrari a abandonarlo a su suerte arrebat\u00e1ndole, adem\u00e1s, las cincuenta libras que Norman le hab\u00eda entregado en Inglaterra por concepto de ganancias laborales.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Otra licencia narrativa se aprecia en la escena en que Treves presenta a Merrick a su esposa que, prevenida, saluda afablemente al visitante, que en ese instante se dobla impresionado y solloza. \u201cEs que no estoy acostumbrado a ser tan bien tratado por una bella dama\u201d, se excusa. El episodio real fue algo distinto. Seg\u00fan Howell y Ford, Treves pidi\u00f3 a su amiga Leila Maturin que aceptara entrevistarse con Merrick. En el s\u00f3tano del hospital donde resid\u00eda Joseph, \u201cella entr\u00f3 con gr\u00e1cil desenvoltura, esbozando una sonrisa al tiempo que se aproximaba, tend\u00eda la mano y estrechaba la de Joseph cuando Treves se lo presentaba. Fue demasiado para \u00e9l. Joseph no logr\u00f3 articular palabra. Lentamente, solt\u00f3 su mano y dej\u00f3 caer despacio su enorme cabeza hasta las rodillas mientras prorrump\u00eda en sollozos estremecedores\u201d. M\u00e1s tarde, \u201cle confi\u00f3 al consternado Treves que era la primera vez que una desconocida le hab\u00eda sonre\u00eddo, y por supuesto que le hubiera estrechado la mano a modo de saludo. El acontecimiento marc\u00f3 un hito, y dio paso a una etapa completamente nueva en la vida del Hombre Elefante. Treves lo se\u00f1alaba como el instante en que comenz\u00f3\u00a0 para Joseph la recuperaci\u00f3n de la confianza en su propia persona\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">En la adaptaci\u00f3n de un gui\u00f3n, modificar las circunstancias puede, desde luego, realzar la funci\u00f3n de los sucesos en el conjunto del relato. Una sujeci\u00f3n puntual a los pormenores habr\u00eda exigido, en este caso, un mayor n\u00famero de personajes y provocado complicaciones de estructura. La selecci\u00f3n y la simplificaci\u00f3n de la masa de los hechos prueban la virtud del narrador, incluso la de un riguroso historiador.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Merrick arriba al puerto de Liverpool y toma un tren de regreso a Londres. En la estaci\u00f3n de arribo, unos muchachos que holgazanean lo siguen con perversa curiosidad. En el <i>Frankenstein<\/i> de James Whale (1931), el monstruo encarnado por Boris Karloff, que acaba de escapar de sus celadores cometiendo una serie de atrocidades, se encuentra con la peque\u00f1a hija de un granjero. Para los ojos de la ni\u00f1a no es un ser grotesco, sino un amigo al que le pide que juegue con ella arrojando flores al lago. Ignorante de las leyes de la f\u00edsica, Frankenstein finalmente lanza a la peque\u00f1a al agua y observa que, por el contrario, ella no flota sino que muere ahogada. Previendo el encarnizamiento de sus perseguidores, emprende la huida envuelto en la rabia y la pesadumbre.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Tambi\u00e9n sin querer, Merrick, al tratar de alejarse de aquellos adolescentes \u2013de nuevo por pasadizos y escaleras de hierro\u2013, tropieza con una ni\u00f1a a la que hace caer provocando el grito de la madre y el esc\u00e1ndalo de los testigos que emprenden la persecuci\u00f3n. Rodeado por hombres de traje, sombrero y estilizados bigotes, alguien lo despoja de su gorro y queda a la vista no la cara de un malhechor sino un estropicio de la naturaleza que eleva la espuma de sus vociferaciones.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">A pesar de su cojera, Merrick logra entrar en unos ba\u00f1os p\u00fablicos, se arrastra como puede buscando dentro otra salida, da con una verja de hierro, la sacude sin lograr nada, no hay escapatoria, in\u00fatilmente se oculta en un rinc\u00f3n, hasta all\u00ed llegan los distinguidos ciudadanos que no cesan de bramar por no se sabe qu\u00e9 falta cometida por el indefenso. Casi al borde del linchamiento, John Merrick no puede m\u00e1s y, con el \u00faltimo aliento que le queda \u2013seguro que no en el cuerpo\u2013, exclama con su voz nasal y gangosa: \u201c\u00a1No! \u00a1No soy un hombre, no soy un animal! \u00a1Soy un ser humano! \u00a1Soy\u00a0 una persona!\u201d Y se desvanece antes de que lleguen, por fin, los agentes de la polic\u00eda.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">No conozco espectador que no haya temblado en este punto. Es la eficacia de la puesta en escena y la sucesi\u00f3n de los planos lo que concentra la aparatosa tempestad desatada sobre el desvalido \u2013como la que sufre el Rey Lear desterrado por las hijas que dec\u00edan amarlo\u2013 en un golpe que cae sobre el coraz\u00f3n como tocado por un martillo de hielo. Hay que llegar aqu\u00ed para conocer el silencio que es posible en un c\u00edrculo de humanos que no atinan a nada que no sea reproducir los rostros que Lynch encuadra a menudo: inm\u00f3viles, de ojos que se humedecen y liberan el capullo de una l\u00e1grima.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Los polic\u00edas devuelven a Merrick al hospital donde Treves lo recibe con un abrazo que, en realidad, se lo damos todos. Un abrazo de perd\u00f3n, de reparaci\u00f3n y de ya inalienable hermandad. Entonces, Merrick retoma, por un corto pero pleno \u201cpara siempre\u201d, la modesta y bendita normalidad que delimita el hospital, a salvo de las fauces de la urbe. <\/span><\/p>\n<p><img alt=\"\" src=\"http:\/\/celluloidoptimist.com\/wp-content\/uploads\/2014\/01\/Elephant.jpg\" \/><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">La se\u00f1ora Kendall organiza una funci\u00f3n de teatro para homenajearlo. Situado en un palco de honor, Merrick presencia embelesado <i>Sue\u00f1o de una noche de verano<\/i> de Shakespeare. El milagro del teatro, un sue\u00f1o \u201creal\u201d que reemplaza a sus horripilantes pesadillas. Cae el tel\u00f3n y la concurrencia, tras las palabras de Mrs. Kendall, aplaude al invitado que, al lado de la Princesa de Gales, se incorpora para corresponder desde lo alto a una colectividad que antes hab\u00eda pagado por verlo en las calles de Londres.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Hay una sensaci\u00f3n de justicia en esa aclamaci\u00f3n larga en el hermoso recinto que Merrick \u2013se lo dice a Treves\u2013 querr\u00eda volver a visitar. Pero es tarde para hacer prop\u00f3sitos. Lo recorre una paz que proviene no de la obtenci\u00f3n de un poder o una riqueza, o de la realizaci\u00f3n de un proyecto mundano, sino solo de la simple certeza del afecto de las personas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Su maltrecha anatom\u00eda pudo, pese a todo, cultivar ciertas habilidades. El Joseph Merrick real aprendi\u00f3 a hacer maquetas y trabajos de cester\u00eda por iniciativa del doctor Treves y con la contribuci\u00f3n de la aristocracia londinense. La pel\u00edcula de Lynch aprovecha la primera de estas destrezas, que centra en la construcci\u00f3n de una catedral, para hacer sutiles apuntes psicol\u00f3gicos o pronunciar giros narrativos. Por ejemplo, el triunfo de un anhelo de belleza en quien \u2013para decirlo en t\u00e9rminos de metaf\u00edsica aristot\u00e9lica\u2013 \u00fanicamente podr\u00eda ser capaz de percibirla o comunicarla en tanto que tambi\u00e9n fuera, interior y esencialmente, apto para ella.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Hay dos apariciones significativas de esta artesan\u00eda a lo largo del filme. El primer plano de la maqueta destrozada tras la intrusi\u00f3n de los infames visitantes que, en una cantina de baja ralea, el miserable vigilante nocturno del hospital hab\u00eda reclutado para ganarse unas monedas a costa de Merrick.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Pero, sobre todo, la pen\u00faltima escena, en que la vemos terminada, la firma de su autor sobre la base, antes de que el cuadro se mueva para mostrarnos c\u00f3mo el Hombre Elefante prepara su sue\u00f1o, retirando las almohadas que le imped\u00edan dormir acostado en forma horizontal, precisamente la posici\u00f3n en que corre el peligro de dislocarse el cuello y perecer.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">El miedo a la muerte es el miedo a la obra inacabada, dec\u00eda Enmanuel Levinas. La iglesia en miniatura de un hombre que se siente finalmente rodeado de amigos, resarcido y merecedor del recuerdo de su madre, indica que su camino ha alcanzado un punto de llegada. Cuando la c\u00e1mara regresa sobre la diminuta construcci\u00f3n \u2013luego de pasar junto a los retratos de su mesa de noche, con la velocidad regulada del adi\u00f3s\u2013, la cortina se entreabre justo sobre las torres puntiagudas. El esp\u00edritu escapa luego de haber tenido la m\u00e1s leve misa f\u00fanebre.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Llenando la escena, la m\u00fasica del \u201cAdagio para cuerdas\u201d de Samuel Barber confirma que no hay objeto m\u00e1s puro para el arte que la tristeza, puesto que ella es la representaci\u00f3n de la incertidumbre de los anhelos m\u00e1s nuestros. \u201cEl dolor es una prueba de que estamos hechos para la dicha\u201d, dec\u00eda san Agust\u00edn. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Tras la partida, una bruma c\u00f3smica, un sonido de viento en la estepa y el rostro de su madre sobre las estrellas pronunciando los versos del poeta Alfred Tennyson. \u201cNada va a morir. El viento sopla, el r\u00edo fluye, las nubes pasan, el coraz\u00f3n late. Nada va a morir\u201d. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">\u00bfSe suicid\u00f3?, pregunta una estudiante. Pienso que solo se permiti\u00f3 la \u00faltima de las dignidades que le hab\u00edan sido vedadas. En el documento que redact\u00f3 Sir Frederick Treves, se lee: \u201ca menudo me dec\u00eda cu\u00e1nto hubiera deseado yacer y dormir \u00abcomo el resto de la gente\u00bb. Creo que esta \u00faltima noche debi\u00f3, con cierta determinaci\u00f3n, de llevar a cabo un experimento. El almohad\u00f3n era mullido, y la cabeza, al recostarla sobe este, debi\u00f3 de caer hacia atr\u00e1s y provocar una dislocaci\u00f3n del cuello. As\u00ed, pues, su muerte se debi\u00f3 al deseo que hab\u00eda dominado su vida: el ansia pat\u00e9tica aunque imposible de ser \u00abcomo el resto de la gente\u00bb.\u201d<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Al salir de la proyecci\u00f3n, la mirada al pr\u00f3jimo no puede ser m\u00e1s la misma. Y si creemos no identificar en nadie alrededor un estado comparable con el de Merrick, quedar\u00e1 probada nuestra superficialidad. Despu\u00e9s de todo, \u00bfqui\u00e9n puede considerarse completo y ejemplar? \u00bfQui\u00e9n despliega a lo largo de s\u00ed mismo una apariencia impoluta e irreprochable? Todos tenemos una carencia, una deformidad, un delito, un error, una oquedad. \u201c\u00bfQui\u00e9n ha tocado el fondo de s\u00ed mismo?\u201d, preguntaba el mismo san Agust\u00edn. Todos merecemos compasi\u00f3n.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Una pel\u00edcula es el desplazamiento de una mirada. Su efecto m\u00e1s \u00edntimo en la psicolog\u00eda del espectador es reemplazar sus ojos y, por un tiempo y m\u00e1s all\u00e1, ser para su mente un mundo alternativo, un decurso que, proporcionando alivios o compensaciones, suprima la visibilidad de lo cotidiano. Pero tambi\u00e9n, como en <i>El hombre elefante<\/i>, su virtud puede ser m\u00e1s bien limpiar nuestras retinas, reconstruir desde los nervios la visi\u00f3n que tenemos aun de nosotros mismos. Abrirnos por entero con un certero bistur\u00ed que deje a la vista todos nuestros abismos. M\u00e1s que un ejercicio de compadecimiento, la obra de Lynch puede verse como un acceso a la par cauto e intr\u00e9pido a la interioridad contradictoria, oscura pero pugnaz, vacilante entre la abyecci\u00f3n y el honor, que cada uno de nosotros alberga.<\/span><\/p>\n<p><strong><span style=\"color: #000000;\">V\u00edctor Hugo Palacios Cruz.<\/span><\/strong><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Fil\u00f3sofo y escritor<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>V\u00edctor Hugo Palacios Cruz nos env\u00eda este art\u00edculo sobre la famosa pel\u00edcula de David Lynch. (Este art\u00edculo detalla el argumento y el desenlace del filme. No obstante, el autor tiene la certeza de que ello no menoscaba la sacudida honda y duradera que su visionado produce.) &nbsp; El hombre elefante (The Elephant Man, 1980) es, [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[292,294,293],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1498"}],"collection":[{"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=1498"}],"version-history":[{"count":1,"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1498\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1499,"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1498\/revisions\/1499"}],"wp:attachment":[{"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=1498"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=1498"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"http:\/\/www.paginas-del-diario-de-satan.com\/pdds\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=1498"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}