Golpes del destino (Million Dollar Baby) en los 85 años de Eastwood

Golpes del destino (Million Dollar Baby) tiene la tranquila serenidad de una película final. Clint Eastwood podría retirarse del cine mañana y Golpes del destino quedaría como un bello testamento.

Aquí está resumido lo mejor de su obra y lo más destacado que el cine clásico norteamericano nos ha legado. Eastwood lleva más de treinta años dirigiendo y su carrera ha sido un transcurso de progresiva depuración estilística y constancia en las mismas preocupaciones. Si miramos atrás para revisar, por ejemplo, Primavera en otoño (Breezy), una de sus primeras películas, allá por los años setenta, encontraremos el mismo afán por hacer un cine de personajes sólidos –un hombre mayor y una mujer joven- que intercambian experiencias e intentan establecer lazos que tienen de amorosos y de familiares, mientras su historia transcurre en un clima brumoso, de sombría ternura.

Golpes del destino tiene otra envergadura, es más amplia en su intimismo y más segura en su acción. Es clásica en el mejor sentido de la palabra: cuenta una historia con limpieza, impecable linealidad y sin pizca de sensiblería; presenta tres personajes de pasado incierto y biografía opaca pero que nos importan de verdad, se definen en la acción, y a los que seguimos con atención e interés en las buenas y en las malas; diseña una atmósfera, la del mundo del gimnasio, descrita con acentos oscuros, que adquiere valor de estudio de ambientes y de representación moral del mundo y los personajes que viven allí. Pero, además, encuentra el tono –mejor, la melodía- que modula la historia, que es como una balada melancólica.

Los combates de box son importantes aquí, pero no son esenciales. Salvo el final (de una estridencia que chirría), casi todos los enfrentamientos se resuelven en el primer round. El tratamiento es elíptico porque esta no es una película sobre el box. Lo que le interesa a Eastwood son los personajes, sus dudas, enfrentamientos, conversaciones, camaradería, pero también su soledad, el ambiente del que provienen, pero sobre todo sus gestos, poses y movimientos en el espacio.

Por eso, las escenas de entrenamiento son fundamentales. El gimnasio es un microcosmos; por allí circulan perdedores de todos los pelajes: los que ya dejaron pasar su turno y los que nunca lo tendrán. Pero allí también se arman las relaciones esenciales de la película: la enojosa ilusión del éxito, la inexistencia de la segunda oportunidad, la filiación.

La idea del fracaso se encarna en el cuerpo y el gesto de los actores. Morgan Freeman es compacto y estólido. Tiene la lucidez suficiente para saber que su última pelea se le pasó de largo y se engaña con la absurda ilusión de convertir en campeón a un personaje lleno de limitaciones. Hillary Swank es una torilla salvaje, que aprende a golpear como si usara un picahielo, pero que está marcada por el sino de su edad, su sexo y su origen. Clint Eastwood encarna la duda, el gesto desconfiado, las contradicciones. Avanza y retrocede, como en el box. Retroceso que le fascina en la técnica del combate y que marca cada uno de sus gestos y decisiones: sabe que el éxito no es para él y, por eso, ni lo enfrenta. Si por casualidad le llega, lo mira con escepticismo, y no se equivoca.

Si hubiese que afiliarla a algún género, Golpes del destino sería un melodrama. En verdad, es uno de los melodramas más serenos, tristes e inteligentes que se hayan hecho. Algunos dicen que las ocurrencias de la media hora final de la película imponen un giro arbitrario y un cambio de tono. Nada de eso. El desenlace es lógico y consecuente con el tratamiento de la hora y media anterior, con las notas de la guitarra que acompañan la acción, con el acento crepuscular de la fotografía, con la entonación del narrador y el sentido de lo que dice, con la moral de los personajes y con el punto de vista del director. Todos esos son signos de una puntuación dramática que anuncian lo que vendrá.

Lo que ocurre es que Eastwood sumerge los asuntos centrales de la película, los pule, apunta y sugiere para dejarlos en suspenso.

O les da un tratamiento al revés, como en el box, o elige un ángulo inusual. Por eso, Golpes del destino es una historia de amor, pero despojada de romanticismo; sigue la trayectoria de una boxeadora, pero evita el aparato coreográfico de los combates; al final, presenta un acto humano grave y duro, pero no hace de él un tema de debate ni lo poetiza.

Aquí hay perdedores, muy conscientes de su situación, pero no hay víctimas. Eastwood los mira con una compasión de esencia trágica que se opone a cualquier sensiblería.

Ricardo Bedoya

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