Lima independiente: A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence

A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence, de Roy Andersson, es la ilustración, más o menos eficaz o brillante, de un dispositivo rígido. La misantropía del sueco se convierte en un juego escénico inflexible. Una sucesión de viñetas -a veces a punto de convertirse en sainetes- dan cuenta de la insondable estupidez humana, que trasciende las épocas y los escenarios. La película dice ser una reflexión sobre el “ser un ser humano”.

Un hilo conductor une los “tableaux vivants”. Dos vendedores de bromas, trucos y máscaras recorren bares, oficinas y residencias ofreciendo sus productos. Ellos resumen los gestos humanos esenciales: las risas estereotipadas y la máscara de un hombre desdentado que muestra un rictus de patética angustia. Como todos sus congéneres, que solo son capaces de decir una frase  convertida en fórmula de amabilidad y motivo recurrente. ¡Qué alegría de saber que estás bien!.

Esos personajes, signos de esa condición humana atrofiada que retrata Andersson, evocan a parejas célebres de la cultura del siglo XX, a clown desconcertados como Laurel y Hardy, o Vladimir y Estragón, que enfrentan el sinsentido de las cosas con un gesto de perplejidad. En su recorrido se insertan en esos cuadros construidos al detalle, encuadres fijos y dilatados de ambiciones hiperrealistas y un toque de artificio. Una cámara quieta registra movimientos coreográficos que se desarrollan en inmensos sets. Los colores pastel se imponen. La nitidez de la profundidad de campo es notable.

La vida de la gente ordinaria, que espera el pago de la renta, que busca la forma de cubrir sus obligaciones, o que mata el tiempo en un bar, se reduce a un repertorio de gestos fijos y movimientos mecánicos que, de pronto, se interrumpen con un acto absurdo, o por la aparición de un cortejo real que marcha a la guerra, o que regresa de ella.

Lo ordinario, gracias a esa aparición contrastante de lo absurdo, se convierte en catastrófico. La ambición épica del Rey Carlos XII -tan admirado por los neonazis- termina convertida en trágica farsa; el proyecto colonial del siglo XIX da pie a una representación musical grotesca mientras se sacrifican africanos en un enorme cilindro ardiente. Las barbaridades del pasado quedan grabadas en el destino de los suecos de hoy, inmersos en sus mínimos “cuentos de locura ordinaria”.

¿Pero todo es terrible y sin esperanzas en el cine de Andersson y tan encorsetado en su parti pris estético?

Hay tres momentos que se apuntan distintos, luminosos, expansivos: la secuencia en el bar de la coja Lotte, una coreografía feliz y de factura perfecta, y dos imágenes breves, casi periféricas. La pareja de enamorados en el parque, con un perro al costado, y la madre que juega con el bebe en la cuna.

Ricardo Bedoya

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