Esta chica es un desastre

“Travesuras del amor” nos descubrió a Imogen Poots; ahora, “Esta chica es un desastre” (“Trainwreck”), revela a Amy Schumer, otra excepcional actriz cómica.

Judd Apatow hace la película para ella; usa su guion; la pone en el centro de la acción; la filma luciendo sus capacidades físicas y gestuales; la muestra refunfuñando, gozando, contradiciéndose, llorando, seduciendo, picándose, cayendo al suelo con estruendo, borrachísima, en la cama aplastada por un compañero que luce como una mole, vomitando,  insultando, diciendo impertinencias, ilusionándose, decepcionándose, exhibiendo su intimidad, haciendo gimnasia, practicando el “slapstick”,  convertida en chica de una barra deportiva. Es un documento sobre las destrezas de Amy y del surgimiento de una actriz: “a star is born”.

Si Bogdanovich ponía su comedia bajo el signo de los enredos sofisticados de Lubitsch y LaCava, Apatow elige como modelo la figura de alguna heroína del Hollywood pre-código, ansiosa por vivir nuevas experiencias sexuales, y la lanza sin contemplaciones en el Nueva York de hoy.   Y le reserva tropiezos, decepciones, incomodidades, y una redención romántica.

Apatow, el director de “Virgen a los 40”, “Ligeramente embarazada” o “Funny People, siempre hay tiempo para reír”, siempre se vio atraído por el examen de las masculinidades al madurar y llegar a las cuatro décadas. Aquí, se tarda más de dos horas en trazar el retrato de la inestabilidad afectiva de su protagonista, esa joven malhablada de rostro serio que aplica al pie de la letra una sacrosanta enseñanza paterna: la monogamia no es realista.

Un mandato tan placentero no se puede rechazar así nomás. Le procura goce, pero la ata a la ley del padre. Es decir, la mantiene subordinada a una voluntad ajena, superior, autoritaria. Rebelarse ante ella la lleva a un cambio de vida y a revisar algunas de sus convicciones: desde su odio a los deportes, ese entretenimiento para las masas iletradas, hasta su indiscriminada afición por los acompañantes de una noche.

“Matar al padre” la conduce directamente al dominio de la comedia romántica, a la monogamia negada, al hallazgo de un príncipe azul que opera meniscos y aplica frotaciones a deportistas famosos, y a fungir de pom-pom girl,  o de algo semejante. Ese giro conservador es otro guiño cínico en una película que acumula, como en un catálogo, todas las modalidades de la comedia popular de estos tiempos, y de otros también: la protagonista tiene algo de Judy Holliday, de personaje de “sitcom”, de comediante paródica (es buena la pulla que recibe “Manhattan”) y de actriz curtida en espectáculos unipersonales, como la propia Schumer, famosa por su incontinencia verbal.  

La película, como todas las de Apatow, suma escenas hilarantes, añade otras que no lo son tanto, se extiende en asuntos secundarios, deja espacios vacíos, estira los diálogos y no cree en la síntesis, la concisión ni la disciplina narrativa. Pero tiene un brío indiscutible. Y Schumer no tiene pierde.  

 

Ricardo Bedoya

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