Transcinema: Sangre de mi sangre

“Sangre de mi sangre”, de Marco Bellocchio,  es la mejor película vista, hasta ahora, en Transcinema. Es una película compleja, desigual y extraña, pero muestra a un cineasta que no teme  desconcertar, quebrando la temporalidad natural del relato o pasando de un tono a otro sin continuidades.   

Una “endemoniada” y un viejo vampiro son los protagonistas de cada una de las partes o “etapas” en que se divide el filme. La primera, sometida a un Juicio de Dios en el siglo XVII; el segundo, convertido en lúcido testigo de la Italia de hoy, decadente y corrupta. El punto de conexión es el personaje encarnado por Pier Giorgio Bellocchio: es el caballero que intenta reparar la memoria de su hermano muerto y sepultado en tierra no consagrada, a causa de la maligna influencia de una endemoniada seductora, en la primera historia, y el extraño inspector que negocia la compra de un viejo recinto religioso, convento y prisión (escenario de los dos relatos), a punto de caer en manos de un ruso fanfarrón que encarna el costado más fenicio de la globalización.

Nocturna y elegíaca, la película contrasta dos épocas ligadas por un impulso siniestro: la represión de lo puro, lo vital y lo bello. Pasado y presente se encuentran en la negación de un deseo que se mutila y empareda. Los representantes de la religión católica y de la institucionalidad política italiana hacen de inquisidores y subastadores de lo poco que queda de auténtico en el país.

Apostando al claroscuro y sin dar claves de interpretación, Bellocchio ofrece una fábula densa, verdaderamente crítica y desencantada, aunque no desprovista de humor. Solo los “monstruos” son capaces de renacer para afirmar lo que queda de lucidez en el mundo. La endemoniada es un cuerpo incorrupto que desafía las ortodoxias y triunfa sobre los muros que la encierran. El vampiro –con modales de capo de la mafia- conversa con un dentista en una secuencia que parece inspirada por Manoel de Oliveira y sus anacronismos. Apegado a una Italia arcaica, aislada y aristocrática, el viejo recorre las calles estrechas de Bobbio lamentando los males de la modernidad que crea fantoches mercantilistas que compran y venden hasta las tradiciones del país y parecen reencarnaciones, corregidas y aumentadas, de los personajes inescrupulosos de la “comedia a la italiana”. Y se deslumbra –sí, aunque la luz le resulte difícil de soportar- con lo único que vale la pena y en lo que puede írsele la eternidad: la contemplación de una joven en flor.

 

Ricardo Bedoya           

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