El hijo de Saúl

Saúl, judío húngaro, es un “sonderkommando” encargado de desaparecer los restos de los cuerpos fusilados o gaseados en Auschwitz. Es esclavo de la maquinaria nazi y testigo privilegiado de lo que ocurre ahí.

Saúl es el personaje central de una ficción que aborda esa experiencia irrepresentable, al decir de Claude Lanzmann: la del Holocausto. Hace las veces de conductor o guía en ese mundo del horror. La cámara lo acompaña en todas sus trayectorias, sin despegarse de él. Lo acompañamos, pero sin ver lo que él ve. O lo percibimos sin nitidez, o aparece descentrado, o confinado en un extremo del campo visual o en el borde mismo del cuadro. El desenfoque y el recurso de mantener las acciones que enfrenta Saúl en el umbral de lo visible se convierten en el centro de la puesta en escena.

Muy consciente del debate teórico sobre el Holocausto y su representación cinematográfica, sobre el que intervinieron, en épocas diversas,  Jacques Rivette, Serge Daney, Lanzmann, Godard, Georges Didi-Huberman, entre otros, el director László Nemes decide evitar la espectacularidad y el drama sentimental. Aleja el recuerdo de “La lista de Schindler” y de “Kapó”. Pero no renuncia a dar cuenta de esa fábrica inhumana. Usina infernal que no vemos en plano general. No existen aquí los encuadres de referencia o situación. Solo  podemos ver los engranajes de la máquina, pero no a ella en su conjunto. Y escuchamos los ruidos que provoca.

La banda sonora da cuenta de un sentido esencial, casi abstracto, del dolor, a través de texturas materiales netas, de una realidad física contundente.  Nemes debe haber estudiado muy bien el cine de Bresson -las bandas sonoras de “Lancelot du Lac” o de “El dinero”- y su capacidad para representar lo invisible a través de lo acústico.

Encuadres prolongados, movimientos incesantes de la cámara,  escenografías que representan el todo a través de paredes desconchadas y pisos empapados con liquidos de aspecto sanguinolento, focales largas y focos selectivos que permiten intuir la maligna eficiencia y productividad del campo de exterminio, una fotografía de tonos ocres que marca un temperamento a las imágenes. El tratamiento cinematográfico tiene una coherencia notable. Al igual que la motivación del personaje principal que, en un empeño acaso absurdo, intenta “salvar” a un muerto.  Menos convincentes son algunos otros desarrollos de la acción, como los que muestran las relaciones de Saúl con sus colegas de “esclavitud”.

Ricardo Bedoya (desde París)

 

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