Delicias de Tokio

“Delicias de Tokio” (“Una pastelería en Tokio”), es la película más tradicional de Naomi Kawase. La más apegada a las reglas de un relato en tres tiempos marcados y la que se asimila de modo más natural a las convenciones del filme humanista y sentimental. Es como una película de Kore-Eda, pero de tono menos severo y mirada blanda. Hasta meliflua, dirían algunos.

Pero más allá de los guiños sentimentales, los giros previsibles y el esquematismo de los personajes, hay  dos secuencias excepcionales. Ambas se concentran en registrar la labor de los protagonistas. En ellas preparan la masa para unos pastelillos y unos frejoles confitados. Nada más que eso.

Y ahí aparece lo mejor del cine de Kawase: la fascinación por las texturas materiales, los colores y los ritmos visuales; la celebración de los rituales cotidianos; la relación amorosa con los objetos naturales; la apelación a los sentidos, incluso a aquellos que la experiencia cinematográfica no puede transmitir, como el olor y el gusto; el trabajo del tiempo fílmico que se dilata y se ajusta a las duraciones de la faena de los pasteleros; la redención de las limitaciones físicas y el deterioro de los cuerpos por el trabajo; la valoración de la experiencia del aprendizaje. Y, luego, la apoteosis de la perfección lograda, epifanía del sabor, a la que sigue el inevitable fin. De eso está hecho el cine de Kawase: de epifanías y de ceremonias mortuorias.

 

Ricardo Bedoya

 

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