Visita o memorias y confesiones

En 1981, Manoel de Oliveira, un cineasta de 73 años, con cinco películas en su haber en varias décadas de carrera, decide filmar una película sobre la casa en la que vivió desde los años cuarenta y que está a punto de abandonar, presionado por las deudas. La llama “Visita o memorias y confesiones”.

Al acabarla, toma una decisión radical. Entrega los negativos a la Cinemateca Portuguesa con la indicación de no proyectarla hasta después de su muerte. No imaginaba el portugués que recién entonces -cuando otros ya pasan al retiro- estaba empezando una actividad fílmica que lo llevaría a convertirse en uno de los cineastas más radicales y apasionantes y en un maestro del cine.

La Cinemateca Francesa estrenó en París la película póstuma de Manoel de Oliveira el sábado pasado. En vida del cineasta solo se proyectó dos veces, en la Cinemateca Portuguesa, en sesiones privadas para colaboradores y parientes del realizador. Luego de su muerte, se pasó en el festival de Cannes y en algunos otros.

El día de la proyección en la gran sala Henri Langlois de la Cinemateca Francesa se sentía un ambiente de expectativa y conmemoración, mientras que fuera de ella el clima era de confusión y algarabía: Paul Verhoeven firmaba su libro sobre Jesús, afiches de Robocob, y se tomaba selfies con centenares de fans. Contrastes de una cinefilia exaltada.

El nuevo director de la Cinemateca Francesa, el crítico Frédéric Bonnaud, presenta a José Manuel Costa, su colega portugués, que introduce la película y explica que se proyectara en fílmico y narra las dificultades para exhibirla en ese soporte cuando se explote comercialmente ya que la casi totalidad de las salas solo cuentan con DCP.

Se apagan las luces y arranca un clip promocional del Festival “Toda la memoria del mundo” que se realiza en varias salas. Las imágenes tienen el brillo del DCP. Alguien grita contra esas imágenes y lanza vivas al soporte fílmico. Las risas y los aplausos acompañan la conversión de la pantalla al formato de 1: 1.33 y el inicio de la proyección del filme de Oliveira, que muestra las señales de lo fotoquímico.

La “Visita” del título alude a un recorrido por la bella y decadente casa. Hijo de la alta burguesía de Porto, de Oliveira muestra los restos de la opulencia extinguida. Las voces de una pareja de actores lee fragmentos de una obra literaria mientras la cámara recorre los espacios del lugar.  Es una conversación fantasmal, como los ecos de la última visita al lugar donde se vivió tanta felicidad. Las voces parecen rebotar en ese lugar amoblado por objetos de otros tiempos, que son también signos de distinción. Nostalgia de fin de estirpe.

Las “Memorias y confesiones” las formula el propio cineasta frente a la cámara. Dice que es una “película mía sobre mí mismo” y que no sabe si eso es correcto, pero que así quedó.

Habla de su vida, de su familia y de su vocación por el cine. También evoca a los amigos que visitaron su casa y muestra objetos queridos y fotos de juventud. Son las memorias de un director que, hasta ese momento, tiene más voluntad que obra por exhibir, pero que realiza un balance de lo vivido. Ahora sabemos que esta película breve e intimista es también el anuncio de una obra por venir.

Muchos se han preguntado por las razones que llevaron al director a reservar la exhibición de esta película hasta después de su muerte, ya que no hay en ella ni maledicencia ni acritud ni revelaciones sorprendentes. Solo asistimos a las confidencias de un hombre, ya mayor, que habla con afecto y mirada conservadora de su relación con la muerte, con las mujeres y con la espiritualidad, ya que no con la religión.

En tiempos como los actuales en los que las “escrituras del yo”, los ejercicios autobiográficos y los documentales performativos son moneda común, es difícil entender, de modo retrospectivo, la decisión de Oliveira.

El pudor del director, acaso inseguro del interés que pudiera suscitar los detalles de su vida a un espectador común, pudo ser un estimulo para su reserva y discreción. En todo caso, “Visita o memorias y confesiones” queda como un titulo insólito, precursor del ahora llamado ensayo autobiográfico.

Ricardo Bedoya (desde París)

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