La La Land

Que nadie espere reencontrar las destrezas de Rogers, Charisse o Kelly en musicales clásicos como “Brindis al amor”, “Un americano en París, “Cantando bajo la lluvia” y tantos otros. Tampoco el clima encantado de “Los paraguas de Cherburgo” o de “Las señoritas de Rochefort” las mejores películas de Jacques Demy (junto con “Un cuarto en la ciudad”). Menos, las imposibles fantasías a la manera de Kelly y Michael Kidd que filmó el gran Jean-Luc Godard de “Una mujer es una mujer” y “Bande à part”.

Si el recuerdo de todos esos títulos está presente en “La La Land” es por alusión, gesto nostálgico, efecto de carambola, guiño cinéfilo y testimonio de reconocimiento a la felicidad que nos brindaron.

Memoria que también está ahí por el deseo del realizador de jugar a las pegatinas con sus escenas más reconocibles y sus momentos privilegiados.   

Damien Chazelle es un realizador muy hábil y conoce de memoria el musical clásico como para empeñarse en recrearlo tal como era.

“La La Land” se acerca más bien a las derivas autorales de Coppola en “Golpe al corazón”, de Allen en “Todos dicen te quiero”, e incluso de Scorsese en “New York, New York”, aun cuando sus logros estén muy por debajo de los de todas ellas. Narra una historia romántica; potencia la irrealidad de sus componentes; idealiza una ciudad (L.A.); apuesta a la química de dos intérpretes infalibles (Stone y Gosling) cuyos personajes buscan el triunfo en el negocio del espectáculo, como en tantos musicales hechos en tiempos de la Depresión; imagina un marco espectral para su cuento triste, convocando el espíritu del musical.  

Mejor: convoca a un fantasma. Chazelle oficia de espiritista y da forma a un ectoplasma.   

El inicio es amplio, espectacular, como el de los musicales de antaño. La cámara se mueve, fluida y sin pausa, entre bailarines que exhiben una coreografía puesta en escena sobre autos atascados en una vía de Los Angeles. No volveremos a ver un despliegue semejante en lo que queda de proyección. Es la memoria de un frenesí que cuesta reproducir; es la fantasía coreográfica que imita las producidas por un “sistema de estudios” extinguido hace tiempo.

Siguen, uno tras otro, simulacros más o menos logrados. Todos arraigados en la nostalgia: añoranza por la composición horizontal a lo ancho del CinemaScope; por las escenografías de puro artificio y cartón piedra; por las intensidades cromáticas de los saturados Technicolor o Agfacolor.

También, por la armonía de los cuerpos en movimiento. Mia y Sebastian (Stone y Gosling) contemplan la caída del sol desde la colina de Hollywood y empiezan a cantar y bailar. El referente es una secuencia de “Brindis al amor” (“The Band Wagon”), ese musical perfecto, con Charisse y Astaire ingrávidos en Central Park. Pero aquí no fluyen los tiempos del gran musical, esos que disuelven las diferencias entre el caminar y el danzar hasta llegar a la apoteosis de dos cuerpos coordinados en la misma técnica y la misma melodía. Los pasos de Stone y Gosling tienen encanto pero son aproximativos, evanescentes, siempre a punto de desdibujarse.

Lo que no es signo de fracaso, de renuncia, ni de imperfección. Es, más bien, lo que se propone Chazelle: recrear trazos, esbozar gestos, dibujar trayectorias. Perdida la sustancia del género, quedan las apariencias, las siluetas. Chazelle va tras ellas, como si buscara los rastros del lugar donde quedaba el poblado de “Brigadoon”, pero sabiendo que no lo va a encontrar.

A veces logra vislumbrar un sendero. Lo sigue y se anota puntos a favor. Como en la secuencia de la audición que muestra a Mia cantando “The Fools Who Dream”, o en la escena que tiene a la pareja haciendo el dueto de “City of Stars”. Esos son momentos de un auténtico intimismo y melancolía. Remiten a “New York, New York”, a la que “La La Land” debe el arco de su esquema argumental y varias cosas más.

Otras veces se le escapan las pistas, como cuando deja ir a las compañeras de habitación de Mia, que parecían listas para una coreografía digna de “Bye Bye Birdie”, o cuando los protagonistas pierden la gravedad –y el ritmo- dentro del observatorio Griffith, en desvaído homenaje de “Rebelde sin causa”.

En este ejercicio de estilo, construido a la manera de vistoso y placentero collage, no hay lugar para el final feliz. Es lógico que así sea y no cabe lamentarlo. Pasado el esplendor, solo queda la memoria empañada y la posibilidad de lo que pudo ser. Y Chazelle saca buen provecho de ello mirando hacia “It’s a Wonderful Life”, un clásico irrepetible que, sin ser musical, tiene la gracia y el dinamismo de ellos. Toma el presupuesto argumental del filme de Frank Capra (¿Cómo hubiera sido la vida sin mí?) para invertirlo y hacer que Mia se pregunte: ¿cómo hubiera sido la vida contigo?  La misma interrogante que enfrentaban Natalie Wood, al comprobar que ya no resplandece la hierba, y Catherine Deneuve, en el final nevado y tristísimo de “Los paraguas de Cherburgo”.

Ricardo Bedoya   

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