Hasta el último hombre

“Hasta el último hombre”, de Mel Gibson, es la historia de Desmond Doss, soldado del ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, hombre religioso y objetor de conciencia. Decide ir al frente de batalla, en Okinawa, sin portar armas. Es incapaz de usarlas dadas sus convicciones: el quinto mandamiento  prohíbe matar.

La película tiene tres partes marcadas. La primera sigue los ritmos de la Americana, con su descripción de un pequeño pueblo de Virginia, de sus lugares típicos y rutinas, mientras conocemos a los personajes. Desmond está encarnado por Andrew Garfield. Luce ingenuo, bienintencionado, y conoce a una enfermera que le atrae (Teresa Palmer).

Pero ni el color local, ni el romanticismo ni el sentimiento pastoral predominan. No estamos ante una película de Henry King.

El desequilibrio es consustancial al mundo de Gibson. El padre (Hugo Weaving) traumado por sus experiencias en la Primera Guerra Mundial, tiene a la violencia como experiencia formadora. Y los diálogos entre los jóvenes enamorados están salpicados de referencias a la sangre que se derrama de un cuerpo accidentado y a otros detalles anatómicos sobre venas y arterias. Algo premonitorio y siniestro se infiltra hasta en los momentos más relajados de la película. 

La segunda parte corresponde al entrenamiento militar y Vince Vaughn no puede emular al R. Lee Ermey de “Nacido para matar” aunque se esfuerce, así como Doss jamás podrá encabezar un pelotón aunque una corte marcial lo sentencie. Ese segmento de la película se concentra en la exposición de las convicciones cristianas y fundamentalistas de Doss. Convicciones que nunca ponen en duda su vocación de servicio en el Ejército.

La tercera parte se vuelca a la acción y el combate.

A Mel Gibson le impacienta llegar a esas representaciones de las acciones bélicas. Son detalladas, repletas de fuego y estruendo. Con cadáveres esparcidos y mutilaciones brutales.

Sin duda, le estimula poner en escena el caos, el desorden, el primitivismo. Le excita registrar agresiones y actos de violencia instintiva. En su visión de las cosas, los combates son espacios donde los hombres intentan justificar su valía. Después de todo, la guerra es producto del fracaso de la organización social, siempre administrada por seres apegados a los reglamentos, acaso blandos e indecisos, que fungen de sacerdotes o políticos.

Los largos pasajes bélicos de “Hasta el último hombre” muestran la influencia de la secuencia del desembarco de “Rescatando al soldado Ryan”, pero con una diferencia sustancial. Spielberg muestra a los hombres comunes temblando y cayendo ante el poder de fuego del enemigo y a Tom Hanks (no es casual que sea él) atribulado por el fragor del combate. La mirada de Spielberg se identifica con la de un observador participante, acaso la de un camarógrafo que deja constancia del horror sin dejar de moverse por el campo de batalla, agazapándose, protegiendo su cuerpo.

El punto de vista de Gibson, en cambio, es abarcador, llega de lo alto, domina todo el territorio, se pone a ras del suelo para luego elevarse y abarcar todo el horizonte; está aquí y allá, fragmenta, descompone o desacelera las acciones, y sigue la trayectoria de un Elegido.

Gracias a la ubicuidad de su mirada, Gibson va recogiendo los detalles que construirán el gran relato evangélico acerca de ese “ser excepcional” que se impone con el aura del superhombre, purificado en el dominio del dolor, el miedo y las angustias frente a la muerte. 

Porque Doss no es un hombre común como los que desembarcan en el Día D de la película de Spielberg. Por el contrario, él encarna esa voluntad mesiánica que coloca en estado de beatitud al realizador de “La pasión de Cristo” y “Apocalypto”.

El teatro de operaciones en Okinawa se convierte en altar y espacio consagratorio. Ahí se celebra una liturgia, pero no incruenta como la de la misa. Mientras centenares de cuerpos se desploman mutilados, Doss consuma los ritos que lo conducen hacia la redención. Entre la sangre y el barro, en estado de necesidad, se unge metafóricamente con los sacramentos: el bautismo, la consagración, el ordenamiento que le permite perdonar y salvar.  Y hasta resucitar, como ocurre con el soldado que oculta bajo la tierra. (1)

La sangre, la tierra, el lodo, las cavidades naturales, son componentes esenciales (y de gran poder visual) para el áspero y rigorista cristianismo que practica Gibson. Solo tocando esos elementos, mezclándose y revolcándose en ellos, se alcanza la redención. Para ascender al cielo -elevándose por la pared rocosa de Hacksaw Ridge- es preciso haber pasado por la experiencia del fondo, del contacto con la tierra, con lo orgánico y lo descompuesto.

Por cierto, nada hay de pacifista o antibélico aquí, a pesar del respeto del personaje principal por la vida humana. Por el contrario, se impone la fascinación por los choques violentos y el espectáculo del fuego, la sangre y los cuerpos lastimados dejados por la guerra, esa manifestación inevitable o necesaria de barbarie, como parece considerarla Gibson.

Ricardo Bedoya 

(1) No olvidemos que Gibson es un católico integrista. El personaje de Doss es adventista.

2 thoughts on “Hasta el último hombre

  1. Todo un espectáculo bélico muy gore al servicio del patrioterismo y, paradójicamente, del cristianismo. Tiene también un remarcado discurso pro género en el que el héroe santurron, quien hace su cruzada armado solamente con una Biblia, no por eso deja de saber bronquearse desde chico y por supuesto es indiscutiblemente heterosexual hasta la muerte de su fiel esposa. Muchos aleluyas, gloria a Dios y varias nominaciones para Mel Gibson y su pela. No faltaba más.

  2. Me parecería oportuno mencionar que la película no sólo está dividida en 3 partes, sino que además estas 3 partes son difíciles de conectar.
    Particularmente, los conflictos que se generan en la primera sección no se resuelven dentro de la misma ni tampoco en el futuro. ¿Cómo es que su padre pasa de ser un alcohólico violento a un padre abnegado dispuesto a encarar a los militares por su hijo? ¿Y luego qué pasa con él, por qué deja de importar? ¿Por qué la relación con el hermano, relación de suma importancia en las primeras dos o tres tomas de la película, deja de ser relevante tan pronto? Incluso es ladrillazo, que parecía premonitorio de los ideales de Doss resulta ser irrelevante a mitad de la película, cuando Doss comenta los verdaderos motivos detrás de no querer usar un arma (por un incidente con su papá). Y respecto a ese incidente, no sólo le quita importancia a la relación con el hermano, sino también al tema de su fe. Eso respecto a los cbos sueltos (hay más, son un ejemplo).
    Respecto al protagonista, me molestó que nunca dudara si, si bien no portaba un arma en el campo de batalla, era evidentemente un colaborador eficaz de la masacre. Esa falta de cuestionamos o dudas me parece que hicieron al personaje plano y aburrido: ese tipo de heroísmo cincuentón ya no convence a nadie.
    Para mí, fuera del campo ideológico y quedándonos en lo formal (capacidad de narrar la historia), la película fue realmente mala, llena de guiños que más parecen una ridiculización de los originales que un homenaje, con una gama de colores mal escogida y un montón de personajes con los que uno nunca llega a relacionarse ni entender volando en pedazos por ninguna razón. Un panfletazo.

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