¡Huye!

Un joven afroamericano va a conocer a los padres de su novia, una familia blanca que lo acoge con buenos modales. Pero las cosas no resultan tan apacibles y la comedia se transforma en pesadilla.

¡Huye!, de Jordan Peele, es un filme de terror y humor sardónico que mezcla con inteligencia los ingredientes de famosas películas. Ahí están los inquietantes personajes maduros de El bebé de Rosemary, los amables suegros de ¿Adivina quién viene a cenar?, la servidora modelo de Las esposas de Stepford, los flashes fotográficos defensivos de Ventana indiscreta, los relucientes y siniestros instrumentos quirúrgicos de Cronenberg, el científico que crea seres híbridos y mutantes a la manera del doctor Cyclops y del conde Zaroff, variantes del clásico Frankenstein, y la metáfora del zombi como encarnación de una simbólica esclavitud vigente hasta nuestros días.

A lo que se añade el pastiche de La invasión de los usurpadores de cuerpos imaginada al final de la era Obama. ¡Huye! es el grito del esclavo que recupera su lucidez por un instante. Equivale al alarido de Kevin McCarthy al final del clásico de Don Siegel. Alerta inútil porque el protagonista es prisionero de su propio medio: está condenado a cargar la cadena perpetua del prejuicio a causa de su negritud.

La mirada desorbitada de Chris, el protagonista, interpretado por Daniel Kaluuya, ofrece el punto de vista que desmonta el racismo cotidiano y normalizado en los ritos de una burguesía blanca, patriarcal, acomodada y en apariencia liberal. Burguesía que afirma haber votado por el primer presidente afroamericano, pero que está poseída por las mentalidades heredadas del viejo Sur derrotado en la Guerra Civil. La mirada de Chris revela lo siniestro oculto por la domesticidad que esa clase social propone como modelo de vida.

¡Huye! arranca como una película de misterio –la primera escena es un plano secuencia resuelto de modo notable- sigue como un filme de romance, gira hacia la comedia familiar, permite que se apunte el thriller, y desemboca en el ejercicio fantástico, pero también en el gore.

Dos sentimientos sustentan todos esos elementos genéricos: el miedo y la impotencia del protagonista. Es tan inerme como el ciervo atropellado en la ruta; tan “sospechoso” a la mirada de los “otros”, los blancos, como lo es para el policía de carretera que le exige sus papeles. Y tan deseable para la cama y el quirófano como lo permiten imaginar los estereotipos de la potencia sexual y la fortaleza física asociados a lo racial. Desde que Chris atraviesa la puerta de la residencia de sus futuros suegros, los vampiros salen a su encuentro.

Ricardo Bedoya

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