Baby: el aprendiz del crimen

Las películas estadounidenses más estimulantes de hoy, como “¡Huye!” o “Llega de noche”, mantienen una curiosa relación con los géneros clásicos del cine. Celebran su comunicación con el público, aprovechan sus costados espectaculares, se apropian de ritmos y atmósferas, pero intentan escapar de las sujeciones narrativas y de los esquemas rígidos. Es lo que pasa con “Baby: El aprendiz del crimen”, del británico Edgar Wright.

“Baby…” apuesta al cine criminal y cosecha de él los asuntos más tradicionales: las tensiones de una banda de asaltantes; la última faena del antihéroe; la pareja romántica que intenta emular el destino de los amantes malditos del cine. A lo que se agrega una iconografía reconocible a golpe de vista. El conductor especialista en fugas (Ansel Elgort, que se apunta al estrellato) tiene cara de ángel o de niño reconcentrado y rebelde a la manera de James Dean o del primer Johnny Depp, y es más lacónico que Alain Delon en un filme de Melville. La secuencia inicial, con el ritual del primer asalto, envía directamente a los “Perros del depósito” de Tarantino, mientras las explosiones de violencia, persecuciones y tiroteos acompañados por los ritmos musicales de Queen o de The Champs, tienen algo de  “Bullit”, de “Contacto en Francia”, de “Driver: el desafío”, de “Calles peligrosas”, de “Buenos muchachos”.

Pero lo atractivo no se halla en ese juego permanente y festivo de referencias, alusiones y reconocimientos. Está, más bien, en lo que va a contrapelo. Wright dirige las escenas de suspenso y violencia en estilos y ritmos sucesivos.

Empieza como si fueran musicales. No solo los movimientos de los actores parecen coreografiados al milímetro, como ocurre con el trávelin que sigue a Baby yendo a comprar un café; también la música acompasa las trayectorias de los autos por las autopistas de Atlanta.

De pronto, aparecen los apuntes de la comedia física, de golpes, sorpresas y confusiones súbitas. El humor está presente para matizar los gestos más siniestros de Jamie Foxx y Jon Hamm.

Todo concluye con las dinámicas alucinadas del “cartoon” y su delirio destructor.

Por cierto, no todo sale bien. En medio del frenesí y la velocidad se infiltra el narcisismo de un Wright que juega a lucir como Winding Refn y sus vistosos efectos de iluminada vitrina, ya que no puede acercarse al pulso e intensidad del mejor Walter Hill, del que toma en préstamo la idea del Driver.  

La cuota maligna, indispensable en todo relato criminal que se precie, la pone Kevin Spacey, empleador autoritario, padre perverso de Baby, y Lucifer.

Ricardo Bedoya   

Este comentario amplía el publicado en Caretas del 17 de agosto de 2017.       

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