3 anuncios por un crimen

“3 anuncios por un crimen” es una película sólida y por momentos muy lograda. La dirige el irlandés Martin McDonagh, el realizador de “Unas vacaciones diferentes” (“In Bruges”) y “Siete Psicópatas”.

Narra los esfuerzos de Mildred Hayes (interpretada por Frances McDormand) para enfrentar la negligencia de la policía del pueblo de Ebbing, en Missouri. Sumidos en su amodorrada rutina, corruptos y racistas, pero también limitados por los medios a su disposición, las autoridades del lugar resultan incapaces de hallar al culpable de la violación y el asesinato de la hija de la protagonista. Tres carteles que denuncian su inacción, tratando de desafiar al comisario, son colocados por la madre a la vera de una carretera que conduce al pueblo.  

Ese es el punto de partida de las acciones, pero lo llamativo –para bien y para mal- se halla en los detalles y en algunas situaciones. Como en ciertos diálogos, que combinan la crueldad con la ternura y el afecto con el humor sardónico. Resultan potentes, acerados y calculados al milímetro. Y en los brotes de violencia, crispados y urgentes aun cuando estén filmados con una pizca de exhibicionismo: ahí está, por ejemplo, el trávelin –que se quiere virtuoso- de seguimiento al iracundo Sam Rockwell en su ruta hacia la oficina de anuncios.

También acierta en el retrato del lugar, que dosifica los contrastes: no puede ser más sórdido aunque parezca apacible. Y en el juego sutil e irónico de los referentes culturales, que van desde la figura de la madre decidida y endurecida (el nombre de Mildred evoca el de Mildred Pierce, esa madre emblemática del melodrama cabeceado con el cine negro) hasta los guiños al western, con sus presupuestos éticos y de género invertidos (la madre se enfrenta, “Sola ante el peligro”, en la calle principal del pequeño pueblo, a los representantes de la ley que son, más bien, guardianes del desorden), a los filmes sociales de ambientación tórrida y cuerpos sudorosos (“En el calor de la noche”), o a los relatos sureños de Flannery O’Connor, que no se salvan de la sorna (un personaje lee “Un hombre bueno es difícil de encontrar”)

Pero la ironía a veces se codea con la caricatura: el personaje de la joven novia del ex esposo linda con la tontería monda y lironda.  

En el afán por esquivar los tópicos condenatorios habituales, el personaje de Willoughby (Woody Harrelson), el hombre al que deberíamos odiar, resulta el más auténtico y matizado, con más de un rasgo entrañable. Frances McDormand está muy bien. Es fuerte y decidida. Estamos con ella y con su esfuerzo. Pero su coraje maternal no impide que por momentos se muestre intolerante, odiosa,  y hasta despreciable en su trato a James, el enano (Peter Dinklage). O que resulta emocionante en su identificación con el dolor causado por la enfermedad de su antagonista, el jefe de la policía. A su turno, Dixon (Sam Rockwell), el policía racista, alcohólico embrutecido, grosero y torturador, encuentra un gesto que lo dignifica.

Ha molestado a algunos esos giros en los comportamientos y esas culpas intercambiadas. Pero no es el sentido de las inversiones lo que afecta a la película. Es el modo en que ocurren. En quince minutos de proyección, la tortilla se vuelve, las casualidades se multiplican y los personajes (sobre todo Dixon) cambian de ritmo, alteran el paso y modifican su destino. Los artificios del guion se imponen de modo sumario. A pesar de eso, “3 anuncios por un crimen” mantiene su nivel. La secuencia final, abierta a la incertidumbre, pero también a una suerte de humor incómodo, lo prueba.

Ricardo Bedoya

Este comentario es una versión más amplia del publicado en la revista “Caretas”, edición del 15 de febrero de 2018.

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