15:17, tren a París

Es bueno, y hasta estimulante, ver a un director de 87 años de edad haciendo algo nuevo y audaz. Clint Eastwood,  uno de los hombres más poderosos de Hollywood, está acostumbrado a trabajar con los actores más célebres y cotizados. En “15: 17, tren a París” lo hace con tres desconocidos. Mejor dicho, con tres jóvenes sin experiencia en el cine, pero que fueron protagonistas de un hecho real: lograron frustrar un atentado terrorista en 2015. Los tres amigos, llamados  Alek Skarlatos, Anthony Sadler y Spencer Stone, en viaje de turismo por Europa, desarmaron a un terrorista que intentaba abrir fuego en el interior de un tren Thalys que viajaba entre Ámsterdam y París. Se convirtieron en héroes, reconocidos como tales por el gobierno francés.

Eastwood hace que los personajes de la historia real se interpreten a sí mismos, lo que no es frecuente en una producción cinematográfica de Hollywood.

Pero esta novedad no mejora las cosas. Estamos ante una película débil, esquemática y previsible. Una de las más flojas en la carrera de un gran director.

Algunos han criticado la posición ideológica del filme. Han dicho que exalta la formación militar, la familiaridad con las armas, el patriotismo exacerbado, y que encuentra en el integrismo cristiano un sustento para el gesto trascendente que justifica una trayectoria de vida. Lo cierto es que la mirada de Eastwood  sobre todo esos asuntos aporta complejidad a un filme que roza la inanidad en muchas de sus secuencias.

Hay que ver, por ejemplo, el tratamiento de la escena que muestra al grupo de niños en su trato con las armas. La escena es filmada por Eastwood con una frialdad inquietante, casi con acento documental. Prolonga la duración del encuadre, acerca la cámara a los rifles y otras armas de fuego que se desperdigan en el espacio visual. Armas que exceden la capacidad de control que pueda tener sobre ellas cualquiera de esos pequeños. Sin formular juicios explícitos, esa imagen nos enfrenta a una cultura que crea asesinos, fanáticos y héroes al mismo tiempo.

Los problemas de la película son de otro tipo. Al narrar un hecho muy conocido, Eastwood decide dejar de lado el suspenso y se concentra en narrar el pasado de los protagonistas. Teniendo a la imagen del tren en ruta como “leit motiv” visual y metáfora de un destino inevitable, las acciones se retrotraen al pasado de los personajes, con el fin de trazar el camino de los elegidos. Se acumulan escenas sueltas, ilustrativas, de la infancia y de la formación de los muchachos. Estén aquí o allá, en Sacramento o en un centro de entrenamiento militar, nunca dejamos de recordar que están predestinados para la gloria. Ellos, jóvenes entusiastas, impulsivos e ingenuos, tienen una visión simplista del mundo. El problema es que el tratamiento de la película parece plegarse, sin pizca de distancia o de tensión, a esa dimensión maniquea y superficial.   

Eastwood ha hecho otras películas sobre el hombre común que enfrenta con coraje un hecho fortuito. “Sully” ponía a Tom Hanks en el papel del piloto de un avión que soluciona una emergencia de modo imprevisto. Pero ahí lograba aportar densidad al relato, emoción a las acciones y consistencia a su personaje central.  En 15:17, tren a París, salvo aciertos parciales en la secuencia del enfrentamiento en el tren, todo transcurre con la misma dejadez con la que los turistas de Sacramento contemplan Europa.

Ricardo Bedoya

2 thoughts on “15:17, tren a París

  1. Pero no se puede soslayar el hecho de que Eastwood, a estas alturas, trabaja como un jubilado detrás de cámaras a quien ya no le importa realizar filmes donde la ideología, la propaganda de Occidente y la política partidaria se dejen notar con todos sus hilos, cuerdas y telones de fondo. Para mí aquí es donde comienzan los problemas de sus últimas películas. Por eso es que resulta tan maniquea y superficial “Tren a París”. Si lo comparamos con un cineasta como Einsenstein, por ejemplo, éste también hacía propaganda pero con todo su poder creativo sus películas son dignas de admiración.

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