Kirk Douglas

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Ha muerto, centenario, uno de los actores más reconocibles del Hollywood clásico. Kirk Douglas, nacido como Issur Danielovitch Demsky, descendiente de un migrante judío ruso, integró una generación inigualable de actores surgidos en la década de los cuarenta del siglo pasado. Como Burt Lancaster, como Gregory Peck, como Robert Mitchum, como Richard Widmark. Más allá de sus estilos particulares, fueron tipos de gran presencia y carácter, a veces sobrios y medidos; a veces intensos y hasta turbulentos.

Douglas, como sus colegas, llega al cine en una época de oro para la industria y el sistema de los estudios. La posguerra potenció el poder creativo de Hollywood, beneficiada también con los aportes de directores recién llegados de Europa, que ofrecen variedad al estilo de las películas. Y Kirk Douglas estuvo ahí como héroe y como villano, en westerns, melodramas y películas criminales. 

Desde sus primeras apariciones, impone su presencia. Douglas no era un galán al uso, ya que se alejaba del canon de la apostura masculina del Hollywood tradicional. Lejos de Fonda, de Cooper, de Grant. Su masculinidad era más bien rústica y hasta hosca. El público supo reconocerlo por el hoyo en la barbilla, el rostro anguloso, la risa nerviosa, el tórax ancho, la musculatura marcada, el maxilar crispado, el cabello rojizo, el temperamento explosivo y su capacidad para saltar en un tris de la euforia a la ternura; de la serenidad a la violencia.  Hasta en el reposo, el hombre del mentón agujereado parecía estar a punto de explotar. Su “juego” siempre fue crispado y pasional.

Pero también supo mostrar fragilidad. Lo hizo en dos de las mejores películas de su etapa inicial. En “The Strange Love of Martha Ivers”, al lado de la gran Barbara Stanwyck, aparece minado por el alcoholismo y humillado por varios personajes. En “Regreso al pasado” (“Out of the Past”), dirigido por Jacques Tourneur, a pesar de ser un curtido gánster, se ve envuelto, junto con Robert Mitchum (nada tan opuesto a la crispación de Douglas como la indolencia de Mitchum), en las maquinaciones perversas de alguien que vuelve de las brumas del pasado, como corresponde a un “film noir” arquetípico, tal vez uno de los más densos, formidables y enigmáticos que se hayan hecho.

En tiempos de crisis de los personajes inmaculados y los héroes de sombrero blanco, Kirk Douglas, como otros actores de entonces, encarnó la ambigüedad moral del antihéroe surgido luego de la Segunda Guerra. Supo vestir con todos los matices del gris. Como en “El triunfador” o “El ídolo de barro” (“Champion”), donde aparece adolorido y ávido de reconocimiento, o en Música en el alma (“Young Man with a Horn”), notable melodrama de Michael Curtiz. 

“Cadenas de roca” (“Ace in the Hole”), de Billy Wilder, es un pico en su carrera. Encarna a un tipo duro, cínico, pero también desesperado. Es el periodista inescrupuloso que se aprovecha de un accidente laboral en una mina para montar un espectáculo mediático que anuncia a los más truculentos “reality show” televisivos de estos tiempos. Douglas rasga la pantalla sin necesidad de sobreactuar y se integra con naturalidad al universo del director Billy Wilder, siempre acre y crudo, de diálogos escuetos, pero feroces. En cada uno de sus gestos, el personaje de Douglas descubre ese trazo de inteligencia que humaniza hasta a los desalmados en la obra de Wilder. Después de todo, el personaje de “Cadenas de roca”, como el de Fred McMurray en “Piso de soltero” (“THe Apartment”) , esa otra gran película de Billy Wilder, está quebrado por afectos que matizan cualquier desafuero.

En “Sed de vivir” (“Lust for life”), de Vincente Minnelli, se transforma en Vincent van Gogh. El “casting” es un acierto. No solo por el parecido físico, sino por la intensidad corporal y su capacidad para representar el desamparo del pintor, convertido en personaje de un melodrama biográfico del Hollywood de los años cincuenta. Este Van Gogh es un atado de tensiones que Kirk interpreta con gesto atormentado, mientras el relato dramatiza la relación fraternal con Theo, los conflictos con Paul Gauguin (Anthony Quinn), los amores desgraciados y, por supuesto, el corte de la oreja. El estilista Minnelli hace un Van Gogh de la era del Metrocolor y del CinemaScope. Nada que ver con el pintor encarnado por Jacques Dutronc para Maurice Pialat.

Y está el Kirk Douglas del cine de aventuras. Inolvidable y saltarín arponero, de camiseta rayada, embarcado en la tripulación del Capitán Nemo (James Mason), en “20000 leguas de viaje submarino”, de Richard Fleischer, y con un parche en el ojo, verdadero héroe trágico, compitiendo con su hermanastro Tony Curtis en “Los vikingos”, también del notable y prolífico Fleischer. Y lo encontramos en “Ulises”, junto con Silvana Mangano, Rossana Podestà y Anthony Quinn, filmada por el italiano Mario Camerini en 1954.  Es el personaje de Homero, por supuesto, desplegando astucias y mostrando los bíceps. La presencia del actor de Hollywood le daba pasaporte internacional a una película impulsada por dos italianos asociados con los capitales llegados de los Estados Unidos: Dino de Laurentiis y Carlo Ponti, dispuestos a liquidar las imágenes de postergación y carencias asociadas con el neorrealismo.

Y no olvidemos al Douglas del western. El de las extraordinarias “A un paso de la muerte” (“The Indian Fighter”, de André de Toth); “Hombre sin rumbo” (“Man Without a Star”, de King Vidor, una de las películas clave del género); “Sangre en el río” (“The Big Sky”, de Howard Hawks). También el de “El último atardecer”, de Robert Aldrich, en el que encuentra a un viejo amor, cumple una misión final y tiene a su lado a Rock Hudson, un actor de la generación que llegó después de la suya. Western triste, como tantos que se hicieron en los años sesenta, cuando agonizaban las fantasías heroicas y de conquista, obligando a los vaqueros a cabalgar hacia el final de la tarde. Y a cantar en el crepúsculo, como lo hace Kirk aquí.      

“Cautivos del mal” (“The Bad and the Beautiful”), de Vincente Minnelli, es la mejor película que se haya hecho sobre el mundo de Hollywood y su obsesión por el éxito. Kirk es un productor que manipula a su antojo y resulta tan inescrupuloso como el periodista de “Cadenas de roca”. Pero aquí el melodrama se impone, impulsando una trama de envidias profesionales, traiciones  y revanchas que se prolongan en “Dos semanas en otra ciudad” (en la foto), otra gran película de Minnelli, filmada en Roma, que recrea la suma de calamidades que afectaron a varias producciones estadounidenses realizadas en Europa durante los años cincuenta. Ambas son películas fuera de serie, exaltadas, que dialogan entre sí en un ejercicio metaficcional, llenas de momentos de furia, como aquel de “Dos semanas en otra ciudad” que muestra al personaje de Douglas conduciendo un auto a toda velocidad en un despliegue de desprecio por sí mismo y de dolor por lo que le toca vivir.  El melodrama de MInnelli en la cumbre de su estilización.  

“La patrulla infernal” (“Paths of Glory”), de Stanley Kubrick, es la fuente en la que abreva “1917”, de Sam Mendes. Ambientada en la Francia de 1916, la película pone en cuestión la irracionalidad de las órdenes militares que envían al sacrificio a centenares de soldados en el frente de batalla. A primera vista, es la típica película de tesis destinada a agitar un mensaje antibélico. Sin embargo, la fuerza del estilo, sustentado en movimientos de cámara de trazo geométrico, y el esplendor de la ambientación, que alterna el fango de las trincheras con los fastos del palacio versallesco que sirve de escenario a la ritualidad de la jerarquía castrense, quiebran la camisa de fuerza del mensaje pacifista. Kirk Douglas es el coronel que se embarra las botas y enfrenta a un comando militar obnubilado por una derrota. Esta película logró hacerse por el empeño del actor, que apoyo su producción y respaldó a Kubrick, con el que volvió a trabajar en “Espartaco”. No olvidemos que Kirk fue uno de los actores que rechazó los contratos leoninos que buscaban imponer las casas productoras de Hollywood, lo que le condujo a formar su propia empresa de producción.  

“Espartaco” es una de las películas menos apreciadas de Kubrick, siendo de las más sólidas y logradas. Esconde tras su apariencia de película de aventuras épicas y gladiadores en acción, una lectura política del conflicto de clases en el antiguo Imperio Romano y una reflexión sobre el papel de los Estados Unidos en el escenario internacional a inicios de la era de John F. Kennedy. Pero, además, es un notable espectáculo que moviliza centenares de extras para representar escenas de batallas o combates de gladiadores. Aquí, Kirk Douglas cumplió un papel central en el impulso proyecto. Confió en Dalton Trumbo, un guionista vetado en Hollywood luego de haber sido puesto en la lista negra confeccionada en la era del senador Joseph McCarthy, durante la llamada “caza de brujas” de los años cincuenta. Gracias a las ideas políticas liberales de Douglas, Trumbo, siguiendo la trama del argumentista Howard Fast, se hizo cargo del guion de “Espartaco”, lo que le permitió dejar el exilio político forzoso. Trumbo volvió a trabajar con Douglas en el guion -escrito en colaboración con Edward Abbey- de “Los valientes andan solos” (“Lonely are the Brave”), de David Miller. 

Una mención especial para una de las mejores de Kirk: “Vecinos y amantes” (“Strangers when we Meet”) , de Richard Quine. Al lado de Kim Novak, Douglas hace uno de sus papeles más interiores, desgarrados y entrañables. Este melodrama magistral es uno de los títulos esenciales del fin de la era clásica de Hollywood.

Podríamos seguir recordando la figura de Douglas en películas como “El arreglo”, de Elia Kazan, o en la delirante “La furia”, que hizo con Brian De Palma, pero lo dejamos ahí.

 

Ricardo Bedoya

One thought on “Kirk Douglas

  1. Qué difícil es hacer una selección de las mejores películas de Kirk Douglas, pero puesto en esa situación yo pondría: Cadenas de roca, El triunfador, Cautivos del mal, Hombre sin rumbo, La patrulla infernal, Duelo de titanes (Gunfight at O.K. Corral, de John Sturges), Los vikingos, Vecinos y amantes (Strangers when we meet, Richard Quine), Los valientes andan solos (Lonely are the brave, de David Miller), Espartaco, Dos semanas en otra ciudad. Todas ellas filmadas entre 1949 y 1962, donde se concentra lo mejor de la carrera de Kirk.

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