Retablo

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Si en ciertas películas del género musical, el escenario condensa o contiene al mundo, en “Retablo”, de Álvaro Delgado Aparicio, el mundo luce como un escenario.

La disposición de las figuras en el retablo marca el tratamiento formal de la película. Como en las obras de los artistas andinos, la simetría y la frontalidad organizan los espacios que ocupan los personajes. Sus gestos y actitudes intentan resumir una idea del mundo y, al mismo tiempo, narrar una historia emblemática y ejemplar.

En la primera escena, vemos a un grupo familiar posando en alineamiento horizontal. Acaso están ante una cámara fotográfica o algún dispositivo de registro de imágenes. Desde un espacio exterior al campo visual proviene una voz que describe las posiciones de aquellos que estamos viendo y menciona el color de los vestidos y la gestualidad de algunos de los miembros de esa familia. El contraplano descubre a Noé (Amiel Cayo) entrenando a su hijo, Segundo (Junior Béjar Roca), en la observación y la memoria que resultan indispensables para la práctica del arte del retablo. Es el ejercicio de transmisión de aquel oficio que el padre dejará como un legado.

Pero esa situación inicial, en la que el padre tapa los ojos del hijo, encuentra una correspondencia con otra. La mirada del muchacho, ejercitando con libertad la capacidad de observación aprendida, descubre una acción de su padre que le choca y lo coloca en una posición difícil. Su entusiasmo inicial se trasforma en decepción; el aprendiz deja de confiar en el maestro.

La adolescencia de Segundo lo ubica en una posición fronteriza. Su incertidumbre es constante. En medio de su turbación, debe discernir una idea de masculinidad y ponerla a prueba. Es la noción de una  masculinidad agresiva y depredadora que él no siente como suya. Eso lo ubica en el umbral.

Se sitúa en un lugar intermedio, entre la penumbra de la habitación de la joven que duerme, a la que se niega a convertir en víctima, y la luminosidad de esos exteriores donde los muchachos del lugar juegan al fútbol o celebran un combate a latigazos. Luminosidad que resalta los cuerpos semidesnudos de esos jóvenes, orgullosos de su virilidad, que la cámara, en largos trávelin, observa como si remitiese a la fruición pasoliniana frente a los “ragazzi di vita”, aunque atenuando la sensualidad.

Esa condición del estar “entre” dos inquietudes, dos tentaciones, dos fantasías, encuentra una figuración. Las puertas, los corredores y los accesos se convierten en motivos visuales recurrentes. Grafican los impulsos contradictorios del avanzar o retroceder,  del querer entrar y no atreverse a salir. De asumir su herencia o de quebrarla. Por eso, el personaje de Segundo es seguido por la cámara en su tránsito por un corredor que lo conduce hasta donde se compite a chicotazos, en muestra de una supuesta masculinidad exacerbada. O es descubierto oyendo una conversación de su madre (Magaly Solier, en una actuación precisa en la representación corporal del personaje y convincente en lo más dramático), al cabo de un movimiento de cámara que atraviesa una ventana, como alejándose de esa intimidad adolorida que ha quedado expuesta. O vemos su perfil expectante, a contraluz, en la silueta de la entrada de una cueva. Ni dentro ni fuera. 

Las imágenes finales dan cuenta de la superación de esas mediaciones. De la posibilidad de franquear los espacios.  

Pero las ventanas y puertas no solo dan cuenta de la liminaridad de Segundo. Son parte de ese tratamiento que busca convertir el mundo en escenario. Mejor, de convertir la simetría del encuadre en un principio de la composición visual.

Es un dispositivo que trata de acomodar las imágenes de la realidad a la figuración geométrica de un retablo, esa caja de figuras y colores de donde salen los bailarines del carnaval. O que ubica la imagen central del abigeo azotado por el pueblo en una escenografía de adornos laterales que equivale a las puertas del retablo. O que confina la “caja” que contiene a un cadáver, al que vemos siendo velado por otro personaje, en una imagen que resume el postulado reconciliatorio o redentor de la película.

Incluso el “acto” del padre es visto por Segundo a través de unas líneas verticales que suprimen parte del campo visual, haciendo las veces de un re-encuadre.

Pero ese dispositivo fijo, esa recurrencia en la simetría, esa obsesión miniaturista, acaso le resta espontaneidad a la película. La “encajona”. Le impone cierto determinismo dramático. Refuerza el didactismo de esta fábula sobre el martirio, la pervivencia de la tradición artística y el amor filial.

Ricardo Bedoya

2 thoughts on “Retablo

  1. El retablo del artista adolescente: debe definirse entre bajar a los algodonales a la costa o quedarse en el taller de retablista en la sierra; entre seguir a su madre o quedarse con su padre; Segundo tiene que afirmarse y decidirse entre ritos de pasajes, pero entonces su padre descuadra la imagen de masculinidad. El drama del muchacho radica en que tiene que elegir; para él, nada está determinado de antemano: está forzado a elegir.

  2. Retablo es la catarsis colectiva de una sociedad sumergida en la cultura y lo arcaico es así como los hermosos parajes ;bailes y pueblos nos muestran las limitaciones vive Segundo en el ambiente de su padre ;si con Arguedas teníamos a Ernesto con Delgado Aparicio nos entrega a un Segundo dotada de la misma proeza que lo hacía el legendario escritor

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