Festival Al Este 2020: las recomendadas

I Was at Home, But (2019) - IMDb

 

Aquí van algunos títulos fuertes del Festival Al Este que se inicia el 1 de octubre. Solo menciono las que he visto. En posteriores posts comentaré otros títulos. Por supuesto, el pequeño ciclo dedicado a Milos Forman es indispensable.

 

Tiempo de vivir, tiempo de morir

Es la gran película de esta edición de Al Este. El taiwanés Hou Hsiao-hsien, uno de los nombre centrales del cine de las últimas décadas, ofrece una mirada entrañable a la vida de una familia migrante, centrándose en el personaje de un niño que descubre las tensiones de la historia del país, las felicidades de la infancia, pero también los reveses de su entorno inmediato, marcado por las expectativas por regresar al hogar que se dejó atrás. Emocionante y elegíaca, pero nunca complaciente.     

Viva el amor

Como siempre, Tsai Ming-liang  filma derivas, recorridos prolongados, personajes que se cruzan, se encuentran, se espían. Buscan algo, acaso afectos, pero no saben bien qué.  Lo único cierto es que hay una confusión que sofoca los afectos básicos de los personajes. Se multiplican las escenas de dolor, desencuentro, llanto, mutismo, malestar físico, filmadas con la cámara quieta, imperturbable. Sus imágenes tienen una fuerza extraordinaria, como lo pruebe el inolvidable final de esta película.

Estaba en casa, pero…

La película de Angela Schanelec es un artefacto que se arma de a pocos, pieza por pieza, obligándonos a descubrir o a mantenernos refractarios a los sentidos activados por su engranaje. Un adolescente que aparece y perturba a su madre. Unos animales entrevistos en el bosque. Una representación infantil de Hamlet. La sensación de duelo por una pérdida reciente. El desconcierto que se extiende en una escuela ante un suceso imprevisto. Un largo, autoreflexivo e irónico debate sobre la ética de la representación actoral en el cine. Un reclamo laboral que mezcla exasperación y humor. En esta sucesión de viñetas espectrales nada tiene una explicación ni una  conclusión evidente; solo están unidas por una sensación de malestar creciente. Es posible intuir el motivo de esa inquietud, pero es imposible constatarlo. Lo impiden las elipsis (de una radicalidad heredada de Robert Bresson, al que la película refiere con un guiño a “Al azar Baltazar”)  y la cualidad fantasmal de los personajes.

Atlantis

Atlantis, del ucraniano Valentyn Vasyanovych, ofrece el panorama de una Ucrania ruinosa al acabar la guerra. Es la fantasía funesta del territorio desolado donde solo queda desenterrar cadáveres y oír las promesas de una reconstrucción lejana e inverosímil, a cargo de alguna autoridad indiscutible.  Encuadres quietos y prolongados, apenas modificados por algunos movimientos de cámara, dan la impresión del fresco amplio, en formato panorámico, muy compuesto en su simetría. Lo demás es silencio, imágenes de inmuebles derruidos o vehículos en llamas y la esperanza de hallar algún tipo de reposo. Como si se pudiese condensar –o atenuar- el horror en unos cuantos trazos mínimos.     

Lo que arde

El gallego Oliver Laxe combina una línea argumental mínima, la del regreso a casa de un hombre que purgó condena por piromanía, con lo que verdaderamente importa: la observación de lo más pequeño, de lo cotidiano, hogareño y mínimo, y de lo más fuerte y fascinante, la presencia del bosque, de los eucaliptos que se talan, del campo, de la naturaleza y del fuego. Laxe, como en “Mimosas”, filma una representación del esfuerzo físico a la vez que da cuenta documental de un mundo que se extingue (la foto de Mauro Herce es destacable), de sus costumbres ancestrales, de los rostros duros o ajados de sus formidables actores naturales, como Benedicta. Y sobre todo muestra al fuego que arrasa y posee una presencia cinematográfica que remite al mejor cine de aventuras, pero fundada aquí en una espectacularidad natural.

Funeral de Estado

El documental de Sergei Loznitsa sobre las exequias del dictador Stalin es un ejercicio de metraje encontrado. Loznitsa emplea películas de archivo que muestran las reacciones de la población ante la noticia. El documento y la representación se confunden ante las cámaras oficiales del Kremlin en diversos lugares de la Unión Soviética. Luego, vemos el velorio del líder, los discursos de sus posibles y conmovidos sucesores, las visitas de los gobernantes extranjeros, los funcionarios de alto nivel y los líderes de los partidos comunistas del mundo. Es una sucesión de representaciones que trazan la gran puesta en escena del culto burocrático a la personalidad. Todo resulta tan acartonado, maquillado y rígido como el cuerpo que yace para recibir los honores. Loznitsa parece no intervenir, pero la elección del material lo dice todo. Apasionante como testimonio y fascinante por la calidad del material informativo que vemos.    

Historias del bosque de castaños

Su aire de fábula folclórica es lo que más atrae en esta película del esloveno Gregor Bozic. Ambientada en los duros años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, en una localización cercana a la frontera entre la vieja Yugoslavia e Italia, es la historia de dos solitarios que enfrentan situaciones personales de pérdida y deciden ayudarse. Las imágenes aprovechan la calidez del soporte fílmico para dar cuenta de los matices cromáticos del bosque, de los castaños, de la madera, de la tierra, de los interiores apenas iluminados. El relato se beneficia de una libertad que le permite saltar en el tiempo sin necesidad de supeditar la representación del pasado y de lo fantástico a las exigencias de la continuidad expositiva.  Hay toques de un humor seco, cruel, y una melancolía constante.

 

La tierra es azul como una naranja

El cine como testimonio y compensación de las privaciones de la guerra en el este de Ucrania. La directora Iryna Tsilyk acompaña a una familia conformada por Mira, su madre y hermanos. Mira hace una película sobre lo que tiene en su entorno. Registra a su familia, pero también la violencia que se infiltra en la vida cotidiana. El cine es, para ella, no solo una vocación, sino una herramienta que le permite resistir el rigor de las situaciones y para construir la memoria.  “La tierra es azul como una naranja” pretende ser crónica familiar, diario de “batalla”, cuaderno de notas y retrato de aquellos que enfrentan el conflicto del Dombás.   

Ricardo Bedoya

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