Jackie

El director de “El club” y “Neruda” se acerca al mito de Jacqueline Bouvier, conocida como Jackie Kennedy.  Pablo Larraín recrea, a la manera de un caleidoscopio, tres días en la vida de Jackie: los que siguieron al crimen de Dallas.

“Jackie” puede verse como una biografía acotada en el tiempo; como la descripción de un luto profundo; como la crónica de los preparativos de un sepelio cuya magnificencia y severidad solo podían encontrar equivalencias en el cortejo fúnebre que acompañó a Lincoln; como el retrato de una mujer tocada por el dolor de una muerte cercana e inesperada. Puede verse también como un documento sobre la performance de Natalie Portman, desdoblada en una Jackie pública, hablando para la televisión con acento de aristocrática afectación, y la Jackie privada, la viuda joven, con el vestido rosa aún marcado por la sangre de su marido y salpicado por los fragmentos de su masa encefálica, que deambula por la Casa Blanca tomando las decisiones postreras de su “reinado”.

“Jackie” puede verse de muchas maneras, pero la más interesante es la que proviene de la mirada foránea del chileno Larraín. No filma un “biopic” a la manera de Hollywood, ni reconstruye el itinerario final del Presidente, ni jala los hilos de las teorías de los complots que han sustentado tantas ficciones sobre este asunto. Mira a la protagonista de esos días de noviembre de 1963 tal como la vieron aquellos que revisaban los titulares de las revistas o los televidentes de entonces: como una figura de portada, una imagen enigmática, una construcción mediática, una figura en vías de banalizarse. La iconografía de culto en el momento en que se entonaba el réquiem por la leyenda. Imaginería fascinante y lugar común para significar el dolor y la resistencia. Un clisé que se impuso. 

Pero el extranjero Larraín toma distancia del mito de Camelot difundido por periodistas afines y agentes de prensa del gobierno demócrata.

La gloria de la Corte del Rey Arturo, cantada en letra y música de Lerner y Loewe, es evocada en la película para acompañar el recorrido errático de la viuda por la Casa Blanca, con un vaso en la mano. Es parte de esa ceremonia del duelo que Larraín observa con distancia, respeto y compasión. Pero que no suscribe. La juzga artificiosa, solemne, acaso kitsch, como tantos otros rasgos de la era Kennedy. Es el eco de una cultura del espectáculo (la del cartón piedra medieval de Broadway) integrada a la escenografía del poder y convertida, más tarde, en memoria y elegía.

 Larraín refleja a Jacqueline Kennedy en el espejo trizado de la leyenda imperial. Espejo que se quiebra como el cráneo del Presidente y que resulta imposible de recomponer, como lo comprueba la propia Jackie, aferrada al fragmento óseo que tiene entre las manos. El montaje intenta hacer lo mismo: reconstruir lo que está desintegrado; establecer nexos, alternando los tiempos gloriosos y los del caos; pasando de la boca del escenario a la confusión de la tramoya. Los de la leyenda y los de la realidad, tan inasibles el uno como el otro.

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El encuadre reserva la parte central para el personaje de Jackie. Como inspirada por Kubrick, la simetría de la composición, marcada por las líneas de la perspectiva de los pasillos de la Casa Blanca y de los jardines cercanos, pone en primer término a la protagonista y a su entorno. Una frontalidad que va siendo minada conforme transcurren las acciones. No es casual que la película se abra con la reconstrucción del programa de televisión que tuvo como anfitriona a la glamorosa Jackie mostrando las refacciones hechas a la Casa Blanca. Y que termine con las imágenes de los empleados desmantelando esa habitación que la leyenda oficial identifica con la felicidad y la gloria de Camelot. El ocaso de Jackie es también el de una escenografía que se degrada.

 En esta película –la mejor de Pablo Larraín, de lejos- la interrogante central e insoluble gira en torno al lugar que ocupa la “verdad” en la construcción del mito. La entrevista de Jacqueline para “Life” –plagada de episodios “off the record”-, que estructura la acción del filme, renueva ese viejo aserto que proclama la primacía de la ficción legendaria sobre la “verdad” en la construcción de un buen titular periodístico. La “Jackie” de Larraín es tan impenetrable como Kane: sus misterios no pueden resumirse en los misterios ocultos  por Rosebud o por Camelot.   

Ricardo Bedoya           

   

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