El cine de todos los días: segunda y tercera semana de marzo de 2020: Philippe Lançon, Susan Sontag, Irene Vallejo, Cine Club de Lambayeque

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-No sé si sea la lectura más estimulante en estos días oscuros, pero “El colgajo” (Anagrama, 2019), la novela-ensayo-memoria-testimonio, de Philippe Lançon, es un notable relato de confinamiento y resistencia.

Colaborador de la revista satírica “Charlie Hebdo”, Lançon fue herido en el atentado de enero de 2015. Sobrevivió con el maxilar inferior destrozado. El libro es la crónica de su estancia en el hospital, de las cirugías practicadas para reconstruirle el mentón, y de su recuperación. La narración del presente doloroso deja espacio para la evocación de incidentes de su pasado y para retratar a los personajes que se asoman ante ese hospital parisino convertido en microcosmos.

Leyendo a Lançon vienen a la memoria las imágenes de “La Chambre des officiers”, de François Dupeyron, y de “Johnny Got His Gun”, de Dalton Trumbo.

En uno de los días de su restablecimiento, Lançon ve una película y anota: “Vemos ‘Centauros del desierto’, de John Ford [Nota: “The Searchers”, o “Más corazón que odio”]. La habré visto diez o veinte veces. La soledad de John Wayne, su ira, nada de eso habla de mí y todo habla en mi nombre” (página 260)

Jean-Louis Scheffer habló de las “películas que miraron mi infancia” –una idea que Serge Daney retomó-;  Lançon descubre que las imágenes de “The Searchers” lo acompañan en el desaliento y que el gesto de Ethan Edwards habla por él. En verdad, habla por todos aquellos que aman esa película.     

 

-En Chiclayo, el jueves 12, asisto a la inauguración del amplio local del Cine Club de Lambayeque. Trece años después de su fundación, logra tener un local propio gracias al premio delConcurso nacional de proyectos de gestión de salas de exhibición alternativa 2019del Ministerio de Cultura, ejecutado por DAFO. Es un buen ejemplo de colaboración entre gestión privada y promoción estatal. En el caso de este cine club, así lo fue desde el inicio, ya que la idea inicial nació en 2007 por iniciativa de Carlos Mendoza -que dirigía por entonces el Instituto Nacional de Cultura de Lambayeque-, acogida y prolongada por un grupo de estudiantes de Comunicación de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo. Lady Vinces, César Vargas, Miguel Cabezas, Luis Camasca y Heydi Pastor eran esos estudiantes y se mantienen como los motores del cine club desde entonces. El proyecto apunta ahora a convertirse en un centro cultural.

Luego de la inauguración, llegan en cascada las preguntas y comentarios durante casi dos horas. El cine club es un foco de activismo cinéfilo en una región que está dando películas valiosas. Están las de Manuel Eyzaguirre, así como las de cineastas jóvenes que hacen sus primeros trabajos, como Bryan Santisteban, o que preparan un largo, como Mauricio Burstein, entre otros.

En la mañana de ese mismo día, en la Escuela de Comunicación de la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (USAT), se desarrolla un activo y prolongado diálogo sobre el cine peruano (y muchos temas más). Los profesores Milton Calopiña –coordinador de la Revista de cine “Cuadro por cuadro- y Víctor Hugo Palacios, hicieron posible esa reunión. Agradecimiento a ellos por todas las atenciones.

 

-Viendo “Duet for Cannibals” (1969), el tercer largo dirigido por Susan Sontag -que le debe por partes iguales al Godard inicial, a “Persona” y a las primeras películas de Marco Bellocchio-,  distingo un afiche con el rostro de Hugo Blanco pegado en una pared del departamento del protagonista, el sujeto canibalizado por la pareja que lo acoge.

En “Domino”, de Brian De Palma, se desactiva un atentado del Estado Islámico en la plaza de toros de Almería mientras Andrés Roca Rey prosigue con la faena de muleta.

La presencia de los peruanos en el cine internacional también da cuenta del signo de nuestros tiempos, al menos hasta antes de la COVIT-19: la imagen pugnaz del líder trotskista de los sesenta ha cedido su lugar a la figura de gestos gráciles del torero de moda.

 

-Al empezar las semanas de confinamiento, José Carlos Cabrejo hace una encuesta para la revista “Ventana indiscreta”. Sus preguntas son: “1. ¿Cuál película que represente algún tipo de virus recomendarías ver? 2. ¿Por qué? 3. ¿Qué crees que sucedería si el virus de esa película se propagara en el Peru?

Le respondo con seis títulos y un bono.

1) “Estación tres, secreto supremo” (“The Satan Bug”), de John Sturges. Un virus mortal y un científico fuera de sus casillas.

2) “La amenaza de Andrómeda”, de Robert Wise. Formas extraterrestres de vida amenazando a la humanidad. En la foto

3) “Mauvais Sang”, de Leos Carax. Virus, retrovirales, pop, Bowie, y post-post Nueva Ola.

4) «Drácula de Bram Stoker », de Francis Coppola. El vampirismo como « sifilización».

5) La peste en “Nosferatu, el vampiro”, de Murnau y de Herzog.

6) La “Muerte en Venecia”, de Luchino Visconti: fin de época, regusto decadentista y Mahler.

Bono: No, “El limpiador” no es la única ficción post-apocalíptica que tuvo a Lima como escenario: Vean “New Crime City” (1994), de Jonathan Winfrey, y lo comprobarán.

¿Qué pasaría si nos llega alguna de esas pestes?

Fácil, no la contamos.”

 

-Irene Vallejo, autora de “El infinito en un junco” (Siruela, 2019), apasionante ensayo sobre la historia del libro (y declaración de amor a los libros en general), escribe: “en los escenarios de Atenas se escucharon palabras asombrosas. Desde allí hablaron mujeres desesperadas, parricidas, enfermos, locos, esclavos, suicidas y extranjeros. El público no podía apartar los ojos de aquellos personajes insólitos. Precisamente,  ‘teatro’ significaba en griego ‘lugar para mirar’. Los griegos habían escuchado relatos durante generaciones, pero asomarse a una historia mirándola como espías tras la rendija de una puerta era una experiencia muy distinta, de una extraña intensidad. Allí empezó a triunfar el lenguaje audiovisual que aún nos hipnotiza.” (Página 177)

Mirar una representación “como espías tras la rendija de una puerta”, dice Vallejo. Sí, ese gesto tal vez prefiguró el deseo por las historias narradas por el cine, base del triunfo del “lenguaje audiovisual que aún nos hipnotiza. Pero la verdadera pasión del espía se satisfizo con la mirada por el ojo de la cerradura, más cercana, más indiscreta. La de los primerísimos planos, la de las cámaras penetrando en las alcobas y en los quirófanos para mostrar los genitales de una pareja o bisturíes rebanando apéndices. Esas cámaras y miradas que inventaron el porno –que coleccionaba el rey Alfonso XIII- o difundieron las operaciones del Doctor Doyen, que separaba siamesas en 1902 ante Maurice y Parnaland, renombrados camarógrafos del cine de los inicios. Los griegos inventaron la experiencia de ver el escenario como si se estuviese “tras la rendija de una puerta”. El cine invitó a entrar a espacios prohibidos para mirar de cerca lo que se hacía en ellos. Nos convirtió en mirones.

 

Películas vistas en la quincena: Suspect, de Roy Boulting; Edgar Allan Poe, corto de D.W. Griffith; Resurrection of a Body, de Stephen Broomer; Duet for cannibals, de Susan Sontag; The Bribe, de Robert Z. Leonard (por segunda vez); Wings of Danger, de Terence Fisher; Over-Exposed, de Lewis Seiler; Undertow, de William Castle; The Kid Brother, de Ted Wilde y J.A. Howe; The Day They Robbed the Bank of England, de John Guillermin; 37 seconds, de Hikari; Meeting Gorbachev, de Werner Herzog; A Life of Speed: The Juan Manuel Fangio Story (2); Doña Francisquita, de Hans Behrendt; The Green Fog, de Guy Maddin; Esto no es un golpe, de Sergio Wolf; Aventura Malgache, de Alfred Hitchcock; ColOZio, de Artemio Narro; Sanguinetti, de Christian Díaz Pardo; Spawn of the North, de Henry Hathaway; The Passionate Friends, de David Lean; El sanatorio de la clepsidra, de Wojciech Has. 

 

Ricardo Bedoya

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