Aunque en los últimos tiempos parece haber mejorado (acaso por la abundancia de pantallas en las multisalas), la relación de los directores peruanos con los exhibidores ha sido tensa desde hace muchos años.
Les dejo aquí el testimonio de un debate suscitado en 1948.
César Miró (nacido César Alfredo Miró-Quesada Bahamonde el 7 de junio de 1907) se vinculó con el cine desde muy joven. Compositor de música criolla y periodista, en esa calidad publicó crónicas en el diario El Comercio sobre la vida en Hollywood, desde mediados de los años treinta. Su experiencia en la ciudad de Los Angeles durante la “epoca dorada” de los grandes estudios y del “sistema de estrellas” lo llevaron a escribir Hollywood, la ciudad imaginaria (1939), el primer libro sobre cine publicado por un peruano.
En años posteriores viajó por Argentina, donde actuó como asesor técnico de los Estudios San Miguel en Buenoa Aires (1944), traductor en Columbia Pictures (1954-1955) y asesor de Paramount en asuntos vinculados con la cultura y costumbres de América Latina. También escritor y funcionario público, César Miró fue convencido por el empresario Federico Uranga para dirigir Cómo atropellas Cachafaz en 1947..
La experiencia, fallida, de realizar una comedia ambientada en el mundo de los apostadores hípicos, incorporando melodías folclóricas negras y no sólo el repertorio criollo que había caracterizado hasta entonces a la producción peruana, llevó a Miró a exorcizar por el olvido este episodio cinematográfico, que repitió al poco tiempo, al rodar Una apuesta con Satanás.
Unas declaraciones periodísticas de Miró, basadas en sus dos experiencias cinematográficas, y en las que se refirió a los exhibidores como “sus peores enemigos”, trajeron consigo una polémica que permitió precisar algunos detalles sobre el régimen de exhibición de las cintas peruanas durante esos años.
La polémica la inicia Pedro P. Jorrat, Presidente de la Asociación de Exhibidores Cinematográficos, mediante carta publicada en el semanario 1948, edición del 22 de marzo de 1948:
“En la edición correspondiente al 15 de marzo en curso, de su interesante Semanario, aparecen unas declaraciones formuladas por el señor Cesar Miró, sobre cinematografía, expresando haber vivido varios años en Hollywood y haber sido contratado, por los Estudios San Miguel, para asesorar la filmación de la película Rosa de América. Igualmente, entre otras cosas, afirma haber dirigido dos películas nacionales el año 1947.
Hasta aquí respetamos los antecedentes de dicho señor, pero consideramos muy lamentable que se exprese de los Exhibidores Cinematográficos, como “sus peores enemigos” cuando sólo hace pocos días aquellos le han brindado la mejor muestra de amistad al permitir la exhibición de una película dirigida por él, si es que se puede llamar película, (se refiere a Una apuesta con Satanás) dirigida con tantos desaciertos en los que no hubiera incurrido ni el más modesto de los ayudantes de Director que trabajan en producciones argentinas, mexicanas. etc.
No está demás recordar al señor Miró, que el mejor juez de un espectáculo es el público mismo y que ha sido ese público el que ha repudiado en forma rotunda con su inasistencia a las salas, la producción dirigida por el señor Miró, considerando además vergonzoso para el prestigio nacional que se enarbole como propaganda de un film tan solo el hecho de ser peruano.
Esta situación sirva para apreciar que, lastimosamente, en lugar de progresar y de servirse de las experiencias adquiridas por otros productores, cada día se va retrogradando a las épocas iniciales en que fueron aceptados ensayos de hacer cine nacional.
De otro lado, es por demás censurable que una persona como el señor Miró, en vista de su fracaso como director cinematográfico, se permita falsear la verdad al decir que los exhibidores cinematográficos se llevan el 80% del dinero recaudado. Nada menos cierto que eso y a él le debe constar más que a nadie lo contrario, ya que a pesar de que las entradas de los cines fueron pequeñas por la categoría misma de la película, esta fue contratada en una suma fluctuante entre el 40 y 50% del ingreso bruto. Obran en poder de los Empresarios, documentos que destruyen en forma incontrastable la falsa aseveración hecha por el señor Miró, con referencia a dichos porcentajes.
En lo único que está acertado el señor Miró, es al expresar que preferimos los exhibidores cualquier cinta mediocre mexicana o argentina, porque así mediocre resulta superior a la filmada por nuestro improvisado Director, quien debe considerar que el negocio cinematográfico, por lo mismo que es un negocio, no implica beneficencia, aun cuando al amparo del nacionalismo se pretende explotar una inexperiencia manifiesta.
Asimismo, el señor Miró nos presenta como dictadores del cine en las declaraciones formuladas a su Revista. Aquí también falta a la verdad, pues solamente somos propietarios de nuestras salas y a pesar de no haber estado en Hollywood, ni haber asesorado a Rosa de América tenemos el suficiente criterio para saber qué cinta es buena y cual es mala.
Nos acusa el señor Miró de haber dañado al público. Y esto quizás lo diga porque el público no ha querido ver su película. Le damos nuestras más expresivas disculpas, pero creemos que va a serle muy difícil que encuentre público dispuesto a ver una obra suya.
Por su decisión de no trabajar más en los sets, nosotros somos los primeros en felicitarlo y tenemos la seguridad de que también el público se felicitará de ello (…)”.
Miró da su versión de lo acontecido en la edición del 29 de marzo de 1948 del mismo semanario 1948:
“En el número correspondiente al día de ayer del semanario de su entusiasta dirección, aparece una réplica del señor Pedro P. Jorrat, Presidente de la Asociación de Exhibidores Cinematográficos con motivo de unas declaraciones mías publicadas en el número anterior de su revista mencionada. En respuesta debo declarar que, efectivamente, algunos de los conceptos allí expresados han sido emitidos por mí, aunque, sin duda por un error de interpretación, se afirma que los exhibidores perciben el 80% de las entradas, siendo la verdad que dicho porcentaje aproximado se reparte entre distribuidores, gastos de propaganda y finalmente, exhibidores, en proporción variable, quedando para el productor, o sea el capitalista, algo así como el 20 % de las utilidades. Como usted verá, en última instancia viene a ser lo mismo, aunque los señores exhibidores perciban, apenas, el 5O% de los ingresos. Ahora bien: estimando en doscientos mil soles el costo de una película -que no ha sido, por cierto, el de Una apuesta con Satanás, ni muchísimo menos- suma insignificante si se tiene en cuenta lo que se invierte en México y la Argentina, resultará que sólo para obtener la amortización del capital sería necesario que una película produjera un millón de soles, es decir, que se realizara un verdadero milagro. Aclarado este punto, vamos a considerar otros aspectos de la cuestión.
No es un secreto para nadie que la última película dirigida por mí se ha hecho en las mismas condiciones en que, desde hace muchos años, se pretende hacer cine nacional. Sin una iluminación apropiada; con un equipo de sonido construido en el Perú, gracias al entusiasmo y a la buena voluntad de nuestros técnicos, tan inteligentes como empíricos; utilizando una cámara de un solo lente, que debíamos emplear en las tomas panorámicas y en las de primer plano; en estudios donde los ruidos del exterior hacían casi heroico el trabajo de filmación -bocinas, campanas, aviones, el ladrido de los perros y las voces de los niños en una escuela vecina- con una instalación de laboratorio incipiente; sin una “moviola” para cortar y sincronizar; con todas estas deficiencias y muchísimas otras y en un plan además, rigurosamente económico, nos hemos atrevido, Santiago Ontañón, autor del argumento y diálogos y de la escenografía y yo, a filmar Una apuesta con Satanás.
No voy a hacer la defensa de mi modestísima producción. Es evidente que tiene muchos defectos; pero debo dar respuesta a algunas apreciaciones antojadizas del señor Jorrat, a quien tanto han sobresaltado las expresiones publicadas por “1948” y en cuya objetivación el cronista ha ido un poco más allá en mis propias palabras, dejándose llevar sin duda por el entusiasmo y la pasión que el cine despierta. No he llamado “dictadores” a los propietarios de salas cinematográficas, entre los que tengo, por cierto, muy buenos amigos, ni he pretendido ofender a nadie, pero es exacto que no fue posible conseguir un sábado y domingo para el estreno en simultáneo de Una apuesta con Satanás que obtuviera en su presentación en el Independencia -a cuyos administradores hago público mi agradecimiento- tan buena acogida por parte del público y la crítica. Sin embargo, el personero del gremio que me dirige tan violenta andanada de ofensas, supone que “ni el más modesto de los ayudantes de Director que trabajan en producciones argentinas o mejicanas” podría compararse conmigo. Si es así, no me explicó por qué algunas de esas películas no las dirigen los ayudantes, ya que no cabe duda que muchísimas de ellas adolecen de los mismos o mayores defectos que las nuestras, a pesar de contar con elementos extraordinariamente superiores. Tampoco estoy de acuerdo en lo que se refiere a la consagración del público, cuyas reacciones suelen ser tan inesperadas. Así, mientras aplaude y llena los teatros con un dramón insoportable o con una adaptación inmoral de alguna zarzuela más o menos picaresca no acude a dar su consagración a producciones como “La Dama Duende”, con libro de Rafael Alberti y dirección de Luis Saslavsky o aquella magnífica película que exhibió no hace mucho el Cine Metro, titulada La última puerta y que muy pocas personas recuerdan porque fueron muy pocas las que la vieron. Pero, sobre esto por lo menos, los exhibidores deben saber más que yo.
Lo que no saben es que, si algo tengo, es, precisamente, experiencia. Un director no se improvisa, como no se improvisa un arquitecto; porque, cuando se improvisa un arquitecto, se corre el riesgo de que el techo del cine se desplome, con grave peligro para las vidas de los espectadores. No sólo he aprendido a hacer películas en Hollywood, trabajando al lado de Richard Harlan y en la Argentina, asesorando a Alberto de Zavalía, sino que he filmado numerosos documentales y las dos últimas insignificantes producciones de la cinematografía peruana. Es esta la única forma posible de llegar a saber hacer películas: haciéndolas; porque este es un oficio que no se aprende en los libros, como no se aprende tampoco el oficio de exhibidor. A este respecto, quiero referirme y agradecer unos conceptos acertados y generosos, del director de El Exhibidor, señor César Augusto Huerta. ‘Seguramente -dice- que ni Emilio Fernandez, Julián Duvivier, John Ford, hubieran hecho algo dirigiendo una película en nuestros estudios de la actualidad. Tambien es seguro, que no hubieran asumido la responsabilidad. He ahí el error de César Miró: haber arriesgado su crédito y prestigio llevado simplemente por su emoción y cariño al cine’. Y así ha sido; en efecto. He asumido la responsabilidad de dirigir una película animado, únicamente, por el impulso romántico de trabajar por el cine de mi patria. Tan romántico, que no he ganado un solo centavo con mi última película, a diferencia de los señores exhibidores, que han percibido sus porcentajes por pequeños éstos hayan sido, gracias a mi esfuerzo y a mi desinterés.
Y es que, sin duda alguna, el verdadero negocio es el de los exhibidores. La mejor demostración es que en Lima y alrededores existen ya cerca de cien salas cinematográficas, cuyos ingresos no favorecen a ninguna industria nacional porque los capitales que producen, emigran, en perjuicio de nuestra economía, o porque benefician a particulares, muchos de ellos extranjeros, sin interés alguno por el país. Es tan bueno el negocio que hasta los noticiarios nacionales, que han provocado frecuentes protestas, incrementan los ingresos de los señores exhibidores, aunque no se exhiba el noticiario, ingresos que representan algunos cientos de miles de soles al año.
¿Para qué decir más? Si son muchas las cosas que podríamos contestar. Diríamos, por ejemplo, que Cachafaz, la película anterior, me fue entregada con guión listo, los decorados hechos y el elenco contratado. En suma, que entregaron un cadáver, por haber rechazado el supuesto director de la película. También en ese caso me hice responsable de algo que no tenía salvación posible. Esta película fue boycoteada por los exhibidores que, según paladinamente confiesa su presidente, “prefiero cualquier mediocre producción argentina o mejicana”, agregando que no basta que una película sea nacional para que merezca su acogida. Yo diría, más bien que basta que una película sea peruana, para que no les interese. Después de todo tienen razón. Sería absurdo pretender que el mundo estuviera habitado por Quijotes disfrazados de exhibidores cinematográficos.
Muchas gracias, señor Director, por la hospitalidad de sus columnas y y le aconsejo no caer jamás en la debilidad de pretender hacer películas en el Perú (…). “
César Miró no volvió a dirigir. Sin embargo, a comienzos de los años cincuenta se vinculó con el pintor Fernando de Szyszlo y el músico José Malsio con el fin de rodar “cine de vanguardia” en 16mm. Intervino en el guión del cortometraje Esta pared no es medianera. Al mismo tiempo, anunció proyectos de filmar un largo en los estudios Ratto, con la participación de técnicos de los Estudios San Miguel de Buenos Aires. Miró consideró que en el Perú de los años cincuenta no se hacía cine por una razón específica: “… la ausencia de capitales. Parece que el capitalista peruano le tuviera alergia al cine. Y no hay razón para ello. El cine es el gran negocio. Se gasta como dos y se gana como cuatro.” (El Pueblo No. 5, edición del 28 de julio de 1951, página 6)
Ricardo Bedoya