Steve Jobs

Tres actos, tres tratamientos visuales y tres largas discusiones entre bambalinas.

Siempre en el backstage, justo antes de presentar en sociedad algunas innovaciones tecnológicas, el personaje principal de “Steve Jobs” es como un cantante de ópera que aclara la voz, revisa el libreto, da rienda suelta a su divismo y enfrenta al miedo escénico que le sirve de combustible. Performer consumado y hombre público en busca del Rosebud que cifre las complejidades de su vida, Jobs es padre renuente y sujeto desleal con sus amigos de siempre.

La ambición de Aaron Sorkin (guionista) y Danny Boyle (director) es convertir a Jobs en encarnación de las virtudes y males de la sociedad americana en su conjunto: la inteligencia emprendedora y el anhelo del éxito marchan en paralelo con la codicia, la desconfianza paranoica y un sentido competitivo que no conoce de escrúpulos. Es el líder de una carrera de ratas, enamorado de sí mismo, que se mantiene al frente de ella con la retórica de un actor consumado. Como el propio Michael Fassbender. 

Por eso, la película se asienta sobre la palabra declamada y dicha a toda velocidad. Palabra concebida como arma y pieza de mil maquinaciones. La cámara sigue a los actores que nunca reposan, ni se sientan. Hablan y caminan sin parar. La puesta en escena se construye  sobre ese movimiento agitado, en continuidad, casi cronometrado, que se mantiene en los tres tiempos y las tres épocas.

El guion de Sorkin impone su teatralidad incluso cuando Boyle intenta romper sus marcos insertando flashes que remiten al pasado, forzando ángulos intencionados,  jugando al montaje brusco o extendiendo la duración de los encuadres. La parafernalia audiovisual a la que Boyle es afecto no logra prevalecer y entrega las armas.

Altera, sí, las texturas de las imágenes: la ampliación del formato en 16 milímetros da al primer acto una imagen granulada, que remite al pasado y da una impresión de provisionalidad o precariedad. El de Jobs es aún un empeño en construcción. En el segundo acto dominan los ocres y es notoria la riqueza de contrastes cromáticos. Textura fílmica que coincide con el estilo de la escenografía –el teatro tradicional- y con el enfrentamiento con una conciencia lúcida y adolorida –la de Wozniak, encarnado por Seth Rogen- que le reprocha a Jobs su avidez y espíritu de revancha. La imagen digital del tercio final, menos estilizada, acompaña el fragmento más flojo y convencional de la película: el de la redención, en el más discutible y “enternecedor” estilo de Hollywood, de un personaje que fue, hasta ese momento, héroe y fantoche a la vez.

 

Ricardo Bedoya         

    

One thought on “Steve Jobs

  1. En efecto, Boyle no logra mantener su idea y literalmente se le escapa por la azotea del escenario. Hasta bien entrado el acto final, yo juraba que la aparición de su hija universitaria era solo elíptica, figurada, hasta hipotética pero no, más puede la producción que quiere un producto más académico que el cineasta especializado en recrear propuestas poco novedosas pero con un toque de originalidad. Por supuesto que la historia de Steve Jobs es lo de menos porque aquí lo que interesa es la puesta en escena. Y qué mejores intérpretes que Fassbinder y Winslett, por favor, estos actores se la llevan y nos regalan emociones que se ven incrementadas en un ambiente cargado de diálogos teatrales, pantallas alternas y tomas reversibles que solo se malogra cuando se incluyen metáforas demasiado obvias y un innecesario noticiero informativo en los intermedios.

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