La cura siniestra, Fragmentado, La enviada del mal: tres fantasías de miedo y encierro

Tres historias fantásticas. Tres tratamientos sobre el horror de la clausura y el cautiverio.

“La cura siniestra” (foto de arriba) es ambiciosa, extensa y ampulosa. Deslinda, desde el arranque, de la retahíla de filmes de horror que pasan por la cartelera sin pena ni gloria. En dos horas y media, el realizador Gore Verbinski se divierte a sus anchas lanzando guiños a los mitos clásicos del cine fantástico y de terror, desde el vampiro hasta el zombi; desde Lon Chaney hasta Christopher Lee; desde los filmes de la Hammer hasta los de la Amicus; desde “El fantasma de la ópera”, en sus múltiples versiones, hasta “El resplandor” de Kubrick -con un toque de la fiesta libertina de “Ojos bien cerrados”-, “La danza de los vampiros, de Polanski, y “La bella y la bestia”, de Cocteau. Un verdadero salpicón de referencias que convierte a esta cura ominosa ambientada en los Alpes suizos en un pastiche que no logra modelar una fisonomía propia. Entre citas y homenajes, el relato avanza dando bandazos, multiplica las líneas narrativas, las persigue por un rato, las pierde, las retoma, hasta que se extinguen en el desinterés total.

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El momento fuerte de “Fragmentado” se concentra en su pasaje hacia lo propiamente fantástico. Cuando la “horda” se completa con la “bestia”, M Night Shyamalan juega la mejor de sus cartas. Hasta ese momento, la apuesta, un tanto reiterativa, tiene a James McEvoy haciendo lo que Rod Steiger hizo en “Así no se trata a una dama”, ese buen thriller psicológico que dirigió Jack Smight en 1967: jugar al transformismo y el disfraz.  Anya Taylor-Joy planta cara a las dos docenas de identidades de su raptor y se revela como actriz a tener muy en cuenta. La secuencia inicial, con el trávelin subjetivo del “fragmentado” acercándose al padre al borde del auto, establece una inquietante dimensión de lo siniestro que irrumpe desde fuera del campo visual y que será un motivo repetido a lo largo de la proyección.

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La más atractiva de las tres es “La enviada del mal” (“February”; también llamada “The Blackcoat’s Daughter”, en la foto destacada). Su director, Oz Perkins (hijo del actor Anthony Perkins), apuesta al ejercicio de estilo. Más que la trama, cuyas claves inciertas se descubren de a pocos, importan los silencios; los pasillos solitarios de esa escuela en temporada de vacaciones; el clima invernal que penetra con tanta fuerza como en “Manchester junto al mar”; las miradas de las protagonistas hacia las zonas vacías del encuadre; la música atonal que crea un sensación de inquietud permanente; la ambigüedad de los motivos que enlazan las dimensiones temporales de las acciones; la morosidad del desarrollo narrativo, que modela el miedo como un proceso y no como una suma de choques y sorpresas. Lástima que esta sugerente película haya pasado desapercibida por la cartelera.

Ricardo Bedoya

 

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