Gallo de mi galpón, un personaje homosexual y la homofobia de aquellos tiempos

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“Gallo de mi galpón” (1938), es una película peruana dirigida por el chileno Sigifredo Salas, con argumento de Francisco Diumenjo, producida por Amauta Films. Los intérpretes fueron Gloria Travesí, Oscar Ortiz de Pinedo, Edmundo Moreau, Lila Cobo, José Luis Romero, Angelita Travesí, Esperanza Carrera, J.L. Vergiú, Pepe Muñoz, entre otros.

La trama, de enredos sentimentales, se desarrolla en una hacienda de la costa norte del Perú, entre pachamancas, júbilo criollo y peleas de gallos. Pero lo que llamó la atención de ciertos espectadores y algunos periodistas fue la aparición incidental de un personaje homosexual. El diario “La Noche”, en su edición del 22 de junio de 1938, bajo la rúbrica de Puck, publicó el siguiente comentario:

 “Sí, señoras y señores, el arte lo ennoblece todo. Una buena puñalada asestada en el palco escénico, arranca, súbitamente, el aplauso de la concurrencia. Las niñas cloróticas se desmayan. El resto se satisface de ir espectando un drama tierno y espiritual a donde la dicha puñalada pone fin a los sufrimientos “morales” del galán joven…

Sin duda, el que mayores cadáveres nos ha ofrecido en escena ha sido Shakespeare. En “Cimbelina” hay nueve, en el intervalo de un par de horas. ¡Un horror!

¿Y qué nos dicen ustedes de los asesinatos que nos ofrecía Carolina Invernizio?

En el fondo, el crimen nos entusiasma. Tenemos una estupenda predisposición para lo malo. Según Freud, en el hombre más culto y civilizado, se agita el hombre de las cavernas. El gran padre de la psicoanálisis ha matado al Diablo para exigir en su lugar al Inconsciente…

Este Inconsciente es quien nos va delatando. Va aflorando para denunciar nuestras cosas íntimas, inconfesables.

Cuando no podemos pegar un tiro a quien nos molesta, lo asesinamos miserablemente en un soneto, un drama, en una novela.

Nuestra venganza está realizada. Y como el soneto, el drama y la novela son expresiones estéticas, el crimen queda ennoblecido. ¿De acuerdo?

Lo que sí no entendemos claro es por qué la comedia peruana, el “cine” peruano, dan cabida al homosexual. Le dan cabida con gente que se presta a representarlo como un sujeto simpático, “detalloso”, que hace morisquetas como las mujeres.

Desde el punto de vista científico, el homosexual es un enfermo como aquel que sufre de ictericia. Ahora, si precisamente la trama de la obra para su mayor dramaticidad, obliga ictérico, que se lleve al ictérico, pero no para concitar la risa de la gente.

Hasta hoy, fueron la lepra, la tuberculosis y la sífilis las únicas enfermedades dignas de figurar en las obras de arte. Jamás a ningún novelista ni dramaturgo se le antojó llevar a las tablas o al libro los cólicos hepáticos, la tortícolis, ni los furúnculos. Entonces, ¿con qué objeto presentamos al público a nuestros homosexuales? ¿Para reírnos de él? Es una cosa tremenda y cruel. ¿Para provocar nuestra compasión? La compasión no es posible frente a un hombre que se maneja como una mujer…

Decididamente, el homosexual no tiene cabida en el arte. Y si es que aparece en Gallo de mi galpón, no es, seguramente, para mostrarnos uno de nuestros tipos criollos, junto con nuestra música criolla, sino porque el autor del libreto o el director de la film han querido demostrarnos que si todavía es imperfecto el “cine” nacional, lo es aún más el hombre convertido en señora… Por Puck.”

Nota: María Mendoza Michilot, citando a Manuel Zanutelli Rosas, señala que bajo la rúbrica de Puck publicaban los periodistas Ezequiel Balarezo Pinillos, José Diez Canseco, Edgardo Rebagliati y Sulberto Torre. (“100 años de periodismo en el Perú: 1900-1948”. ‎Fondo Editorial Universidad de Lima, 2017)

 

Ricardo Bedoya

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